Predator – Nemesis

Publicado originalmente por Dark Horse Comics en 1997, "Predator: Nemesis" se erige como una de las incursiones más atmosféricas y estilísticamente distintivas dentro del universo expandido de los Yautja. Escrita por Gordon Rennie e ilustrada por Colin MacNeil, esta miniserie de dos números traslada la cacería extraterrestre de las selvas centroamericanas y las metrópolis futuristas al corazón palpitante y neblinoso del Londres victoriano de 1896.

La premisa nos sitúa en una capital británica sumida en el hollín de la Revolución Industrial y el pánico social. Una serie de asesinatos brutales y aparentemente inexplicables está diezmando tanto a las clases bajas de los barrios marginales como a figuras de la aristocracia. Los cuerpos son hallados en estados de mutilación que desafían la lógica médica de la época, evocando inevitablemente el fantasma de Jack el Destripador, cuya sombra aún planea sobre la psique colectiva de la ciudad. Sin embargo, las autoridades pronto comprenden que no se enfrentan a un maníaco humano, sino a algo que opera fuera de los límites de la comprensión científica del siglo XIX.

El protagonista de esta historia es el capitán Edward Soames, un veterano de las guerras coloniales británicas y actual agente del Club Diógenes, una organización en las sombras que sirve a los intereses de la Corona (y que los aficionados a la literatura reconocerán como un guiño directo al canon de Sherlock Holmes). Soames no es el típico héroe de acción de los años 80; es un hombre de su tiempo, metódico, endurecido por el servicio en la India y poseedor de una flema británica que se pone a prueba cuando comienza a rastrear a una criatura que parece fundirse con la niebla londinense.

La narrativa de Rennie destaca por su capacidad para integrar la mitología del Predator en un contexto de terror gótico. El guion se aleja de la pirotecnia gratuita para centrarse en un juego del gato y el ratón donde la tecnología rudimentaria de la era victoriana —revólveres de pólvora negra, sables y el ingenio táctico— se enfrenta a la sofisticación armamentística del cazador estelar. La tensión no reside solo en el enfrentamiento físico, sino en el choque cultural y tecnológico: un imperio que se cree la cima de la civilización descubriendo que, a ojos de otro ser, no son más que presas en un coto de caza urbano.

El apartado visual de Colin MacNeil es, sin duda, el elemento que eleva a "Predator: Nemesis" por encima de otras entregas de la franquicia. Con un estilo pictórico, denso y cargado de sombras, MacNeil captura la claustrofobia de los callejones de Whitechapel y la opulencia decadente de las mansiones londinenses. Su representación del Predator es magistral; la criatura no se muestra siempre de forma explícita, sino que se manifiesta como una presencia acechante, una silueta distorsionada por el vapor y la lluvia. El uso de una paleta de colores apagados, dominada por grises, marrones y ocres, refuerza la sensación de una época sucia y peligrosa, donde el peligro puede surgir de cualquier esquina oscura.

A diferencia de otros cómics de la saga que buscan expandir el "lore" de la especie Yautja mediante la exposición, "Nemesis" opta por el misterio. El Predator aquí es una fuerza de la naturaleza, un "némesis" casi sobrenatural que obliga a Soames a descender a los niveles más bajos de la sociedad y a cuestionar la supremacía del hombre blanco victoriano. La obra funciona tanto como un relato de detectives de la vieja escuela como una pieza de horror de ciencia ficción, manteniendo un ritmo pausado que estalla en momentos de violencia visceral y coreografiada con precisión.

En resumen, "Predator: Nemesis" es una pieza esencial para los coleccionistas y amantes del noveno arte que buscan historias autoconclusivas con una identidad visual fuerte. Es un ejercicio de género que demuestra la versatilidad del personaje del Predator, probando que su efectividad como antagonista no depende de la tecnología moderna, sino de su esencia como el cazador definitivo, capaz de convertir cualquier periodo histórico en su propio campo de batalla personal. Sin recurrir a florituras innecesarias, el cómic entrega una narrativa sólida, oscura y profundamente inmersiva.

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