El Viaje de Darwin

Como experto en el noveno arte, es un placer desgranar una de las obras más fascinantes de la novela gráfica histórica contemporánea: "El Viaje de Darwin", una obra magistralmente orquestada por el autor José Fonollosa. Este cómic no es solo una biografía ilustrada; es una inmersión sensorial y científica en el periplo que cambió para siempre nuestra comprensión del mundo natural y nuestro lugar en él.

La historia nos sitúa en el año 1831. El protagonista no es el anciano de barba cana y mirada severa que todos reconocemos en los libros de texto, sino un joven Charles Darwin de apenas 22 años. Recién graduado en teología pero apasionado por la geología y la entomología, Darwin se encuentra en una encrucijada vital. La oportunidad de su vida surge cuando es invitado a bordo del HMS Beagle, un bergantín de la Marina Real Británica, bajo el mando del aristocrático y complejo capitán Robert FitzRoy. La misión original: cartografiar las costas de América del Sur. Sin embargo, para Darwin, este viaje se convertiría en una odisea intelectual de cinco años.

Desde las primeras viñetas, Fonollosa logra capturar la atmósfera de una época de descubrimientos. El guion nos lleva de la mano a través de los estrechos camarotes del Beagle, donde la convivencia es tensa y el espacio es un lujo. Uno de los pilares narrativos del cómic es la relación entre Darwin y FitzRoy. El capitán, un hombre de fe inquebrantable y temperamento volátil, busca un compañero de mesa que esté a su altura intelectual, pero pronto las observaciones científicas de Darwin comenzarán a chocar con las visiones creacionistas de la época, creando una tensión latente que impulsa la trama sin necesidad de artificios épicos.

Visualmente, "El Viaje de Darwin" es una delicia que rinde homenaje a los cuadernos de campo del siglo XIX. El estilo de Fonollosa, apoyado en un uso exquisito de la acuarela y una paleta de colores terrosos y naturales, evoca la sensación de estar hojeando un diario personal recuperado del pasado. El dibujo no busca el hiperrealismo, sino la expresividad y la claridad narrativa. Los paisajes de la Pampa argentina, las cumbres de los Andes y, por supuesto, la exuberante y extraña biodiversidad de las Islas Galápagos, están retratados con un respeto reverencial por la naturaleza.

La sinopsis nos lleva a recorrer parajes donde Darwin empieza a notar anomalías: fósiles de animales gigantes ya extintos que guardan un parecido sospechoso con especies vivas, y aves que, aunque similares, presentan variaciones sutiles de una isla a otra. El cómic maneja con maestría el ritmo del "descubrimiento". No nos lanza la teoría de la evolución de golpe; nos permite acompañar a Charles en su proceso de asombro, duda y eventual iluminación. Es la crónica de un hombre que aprende a mirar donde otros solo ven, y que empieza a cuestionar los dogmas establecidos a medida que recolecta muestras de plantas, insectos y rocas.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura (aunque la historia sea conocida, el enfoque narrativo es lo que aquí brilla), la obra destaca por su capacidad de humanizar al mito. Vemos a un Darwin que sufre de mareos crónicos, que siente nostalgia por su hogar y que se maravilla como un niño ante el vuelo de un cóndor. Es un relato sobre la curiosidad humana como motor del progreso.

En conclusión, "El Viaje de Darwin" es una pieza imprescindible tanto para los amantes de la ciencia como para los devotos del cómic de autor. Logra el equilibrio perfecto entre la labor didáctica y la narrativa de aventuras, recordándonos que el viaje más largo y desafiante no fue el que realizó el Beagle alrededor del globo, sino el que recorrió la mente de Darwin desde la fe ciega hasta la evidencia científica. Una obra que nos invita a redescubrir el mundo con los ojos de aquel joven naturalista que, armado solo con un cuaderno y una red para mariposas, se atrevió a descifrar el lenguaje de la vida.

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