El Dueño del Átomo: La Odisea Nuclear de Manuel Gago
En el vasto panteón del tebeo español, pocas figuras son tan imponentes como la de Manuel Gago. Si bien su nombre quedó eternamente ligado a las capas y espadas de *El Guerrero del Antifaz*, su versatilidad como narrador le permitió explorar fronteras mucho más lejanas que las de la Reconquista. En 1945, bajo el sello de la mítica Editorial Valenciana, Gago dio vida a una de las obras más fascinantes y visionarias de la posguerra: *El Dueño del Átomo*. Esta obra no es solo un cómic de aventuras; es un testimonio gráfico del impacto que la era atómica tuvo en el imaginario colectivo de una España que buscaba, entre viñetas, una ventana hacia la modernidad y el asombro.
La historia nos presenta a Ricardo, un joven y brillante científico cuya inteligencia solo es equiparable a su integridad moral. En un mundo que apenas comenzaba a comprender las implicaciones de la desintegración del átomo, Ricardo logra lo que las potencias mundiales solo soñaban: dominar la energía nuclear para fines que trascienden la guerra. Sin embargo, este descubrimiento no viene acompañado de paz, sino de una responsabilidad titánica. El protagonista se convierte en el custodio de un poder capaz de elevar a la humanidad a las estrellas o de reducirla a cenizas, una premisa que resuena con una fuerza inusitada si consideramos que el cómic vio la luz el mismo año en que el mundo presenció el horror de Hiroshima y Nagasaki.
La sinopsis nos sitúa en un escenario de ciencia ficción pura, imbuido de esa estética "retro-futurista" que hoy tanto valoramos. Ricardo, tras establecer su base de operaciones en una ciudad tecnológica oculta, debe enfrentarse a una miríada de amenazas que buscan arrebatarle su secreto. Desde organizaciones criminales internacionales hasta dictadores con delirios de grandeza, los antagonistas de *El Dueño del Átomo* representan los miedos de una época marcada por el totalitarismo y la desconfianza geopolítica. Acompañado por un elenco de aliados leales, el héroe emprende un viaje que lo llevará a través de paisajes exóticos y laboratorios imposibles, defendiendo siempre la premisa de que la ciencia debe estar al servicio del progreso humano, no de su aniquilación.
Visualmente, la obra es un despliegue del talento cinético de Manuel Gago. A pesar de las limitaciones de impresión de la época y el formato de "cuadernillo de aventuras" (apaisado y de pocas páginas), Gago logra imprimir un dinamismo envidiable. Sus personajes parecen estar siempre en movimiento, y su diseño de maquinaria —cohetes estilizados, pistolas de rayos y complejos paneles de control— bebe directamente de las influencias de los *pulps* americanos y de clásicos como *Flash Gordon*, pero con un sabor castizo y una urgencia narrativa propia. El uso de las sombras y la composición de las viñetas crean una atmósfera de tensión constante, donde el peligro acecha en cada cambio de página.
Lo que hace que *El Dueño del Átomo* destaque sobre otros títulos contemporáneos es su enfoque en la ética científica. A diferencia de otros héroes que simplemente usan la fuerza bruta, Ricardo es un hombre de ideas. El conflicto central no es solo físico, sino ideológico: ¿quién tiene derecho a poseer el secreto de la energía definitiva? A través de sus aventuras, el cómic plantea preguntas incómodas sobre el control del conocimiento y la dualidad de la tecnología. Es una obra que, bajo su apariencia de entretenimiento juvenil, esconde una reflexión profunda sobre el destino de la civilización en un siglo XX que avanzaba a pasos agigantados hacia lo desconocido.
En definitiva, *El Dueño del Átomo* es una pieza imprescindible para entender la evolución de la ciencia ficción en España. Es un relato de valentía, descubrimiento y maravilla que captura perfectamente la ambivalencia de una humanidad que, por primera vez, tenía en sus manos el fuego de los dioses. Para el lector actual, sumergirse en estas páginas es realizar un viaje arqueológico a un futuro que nunca fue, pero que sigue brillando con la intensidad de