Angel – Costa Berberisca

Angel: Costa Berberisca (título original: *Angel: Barbary Coast*) es una obra fundamental dentro del canon expandido de la franquicia creada por Joss Whedon, publicada originalmente por la editorial IDW Publishing. Escrita por David Tischman e ilustrada por Franco Urru, esta miniserie de tres números se aleja de la ambientación contemporánea de Los Ángeles para sumergir al lector en un capítulo oscuro y poco explorado del pasado del vampiro con alma. La historia se sitúa cronológicamente en el año 1906, décadas antes de los eventos narrados en la serie de televisión, y utiliza como escenario una San Francisco al borde del desastre histórico.

La trama presenta a un Angel que todavía lucha por asimilar el peso de su alma recuperada. A diferencia del héroe establecido y algo más resiliente que conocemos en la actualidad, el protagonista de esta historia es un ser profundamente atormentado, cuya culpa por las atrocidades cometidas como Angelus es una herida abierta y purulenta. En busca de una forma de mitigar el dolor de su conciencia y encontrar una redención que parece inalcanzable, Angel viaja a San Francisco, atraído por los rumores de un místico capaz de ofrecer consuelo a los espíritus más atribulados.

El escenario elegido, la Costa Berberisca, no es un simple telón de fondo. A principios del siglo XX, este distrito de San Francisco era conocido mundialmente como un epicentro de vicio, criminalidad, prostitución y desenfreno. Es un entorno de frontera urbana donde la ley brilla por su ausencia y donde los monstruos, tanto humanos como sobrenaturales, caminan libremente. Esta atmósfera de "noir histórico" impregna cada página, estableciendo un tono sombrío y decadente que encaja perfectamente con la psicología del protagonista en ese periodo de su vida.

Al llegar a la ciudad, Angel se ve rápidamente envuelto en una red de intrigas que involucra a las poderosas sociedades secretas chinas (las Tongs), la corrupción policial y una misteriosa mujer llamada Annie. Ella no es solo un interés romántico potencial, sino un catalizador que obliga a Angel a enfrentarse a su propia naturaleza. La búsqueda del místico se complica cuando el vampiro descubre que en la Costa Berberisca nada es lo que parece y que su presencia ha despertado intereses oscuros que preferirían mantener el statu quo de depravación de la zona.

Desde el punto de vista narrativo, Tischman logra capturar la voz de un Angel más joven y vulnerable. El guion evita los anacronismos y se apoya en una investigación histórica sólida para retratar las tensiones sociales de la época. El conflicto central no se limita a la supervivencia física contra demonios o gánsteres, sino que es una batalla espiritual: ¿puede un monstruo que ha recuperado la moralidad sobrevivir en un mundo que parece haberla perdido por completo?

El apartado visual, a cargo de Franco Urru, es determinante para el éxito de la atmósfera. Urru utiliza un trazo sucio y detallado que resalta la decrepitud de los callejones de San Francisco y la expresividad melancólica de Angel. El uso de las sombras es magistral, evocando el cine expresionista y reforzando la sensación de claustrofobia emocional que persigue al protagonista. La paleta de colores acompaña esta visión, alejándose de los brillos heroicos para centrarse en tonos terrosos, sepias y oscuros que anticipan el gran terremoto que históricamente asoló la ciudad ese mismo año.

Angel: Costa Berberisca funciona como una pieza de arqueología de personaje. No requiere que el lector sea un experto en la mitología de *Buffy Cazavampiros*, ya que se sostiene como una historia de terror y suspense histórico autoconclusiva. Sin embargo, para los seguidores de la saga, ofrece matices valiosos sobre la evolución de Angel, mostrando que su camino hacia la santidad fue pavimentado con errores, dudas y una lucha constante contra la desesperación en los rincones más olvidados de la historia estadounidense. Es un relato crudo, directo y desprovisto de la ligereza humorística de otras entregas, centrándose exclusivamente en la naturaleza del pecado y la posibilidad, siempre esquiva, de la expiación.

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