Erase una vez el caserio

Érase una vez el caserío, obra del ilustrador y autor Adur Larrea, se presenta como una pieza fundamental dentro del panorama del cómic contemporáneo que busca rescatar la memoria histórica y arquitectónica de un símbolo identitario: el caserío vasco (*baserri*). Lejos de ser un simple catálogo de edificios o una hagiografía nostálgica, este ensayo gráfico propone un recorrido cronológico y social que abarca más de cinco siglos, transformando la piedra y la madera en una narrativa viva y dinámica.

La obra arranca situando al lector en la Baja Edad Media, un periodo de transición donde la estructura habitacional comienza a mutar. Larrea utiliza el lenguaje del noveno arte para explicar cómo el caserío no nació como un ente estático, sino como una respuesta tecnológica y económica a las necesidades de cada época. El cómic detalla con precisión técnica, pero sin perder el ritmo narrativo, la evolución desde las primitivas construcciones de madera —herederas de las casas comunales— hasta la consolidación del caserío de piedra que hoy reconocemos como icónico.

Uno de los puntos fuertes de la sinopsis argumental es la integración de los hitos históricos que alteraron el paisaje rural. El autor no se limita a dibujar fachadas; narra la llegada del maíz desde América en el siglo XVII, un evento que supuso una auténtica revolución agrícola y que obligó a rediseñar los espacios interiores de las viviendas para albergar los nuevos graneros y secaderos. A través de las viñetas, asistimos a la transformación de la economía doméstica: la importancia de la sidra, el auge de las ferrerías y cómo el caserío funcionaba como una unidad de producción autosuficiente y compleja.

En el plano social, el cómic explora el concepto del "mayorazgo" y la transmisión del patrimonio, elementos clave para entender la supervivencia de estas estructuras a lo largo de las generaciones. Larrea pone rostro a quienes habitaron estos muros, mostrando la dureza del trabajo diario, el papel central de la mujer en la gestión de la unidad familiar y la relación casi sagrada entre la casa y la tierra (*lurra*). El caserío se presenta aquí como un organismo vivo que nace, crece, se adapta a las crisis y, en ocasiones, languidece ante el avance de la industrialización.

Visualmente, Adur Larrea despliega un estilo limpio y riguroso. Su dibujo se caracteriza por una línea clara que permite apreciar los detalles arquitectónicos —postes, vigas de roble, lagares de viga— sin abrumar al lector. El uso del color (o la ausencia del mismo en favor de tonos bitonales o grises según la edición) refuerza esa sensación de documento histórico, de crónica recuperada del pasado. La composición de las páginas alterna diagramas explicativos con escenas costumbristas, logrando que la lectura sea fluida tanto para el interesado en la historia como para el aficionado al cómic de autor.

La obra también aborda el declive del modelo tradicional con la llegada de la modernidad y el éxodo rural. Sin caer en el drama fácil, el autor reflexiona sobre el destino de estos edificios en el siglo XXI: desde su abandono hasta su reconversión en viviendas residenciales o museos. Es, en esencia, una biografía de un espacio físico que ha definido el carácter de un pueblo.

Érase una vez el caserío es, en definitiva, una obra de divulgación de alto nivel que utiliza las herramientas del cómic para hacer accesible una investigación profunda. Adur Larrea consigue que el lector comprenda que cada viga y cada piedra de un caserío cuenta una historia de supervivencia, adaptación y cultura. Es un título imprescindible para entender no solo la arquitectura rural, sino la evolución social de una comunidad que ha tenido en estas paredes su refugio y su motor económico durante medio milenio. Una lectura que invita a mirar el paisaje con ojos nuevos, reconociendo en cada ruina o en cada caserío restaurado un capítulo de nuestra propia historia.

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