La adaptación al cómic de Necroscope, basada en la célebre saga literaria de Brian Lumley, representa uno de los hitos más crudos y singulares del horror gráfico de los años 90. Publicada principalmente por Malibu Comics (bajo sus sellos Rock-It Manga y Bravura), esta obra logra trasladar la densa cosmología de Lumley a un lenguaje visual que combina el espionaje de la Guerra Fría, la metafísica y un terror visceral que redefine el mito del vampiro.
La narrativa se centra en la figura de Harry Keogh, un hombre con una habilidad única y aterradora: es un Necroscopio. A diferencia de un nigromante tradicional que profana tumbas para reanimar cadáveres, Keogh posee la capacidad de comunicarse con los muertos. Para él, los fallecidos no son meros restos biológicos, sino la "Gran Mayoría", una vasta comunidad de mentes que conservan su intelecto y sus recuerdos. Esta relación es de mutuo respeto; Harry escucha sus historias y, a cambio, los muertos le otorgan sus conocimientos, desde fórmulas matemáticas complejas hasta secretos militares, convirtiéndolo en el activo más valioso de la División E, una rama ultra secreta de la inteligencia británica dedicada a fenómenos psíquicos.
El conflicto principal del cómic se establece a través de un juego de espejos en el contexto de la inteligencia internacional. Mientras Harry representa la comunión benevolente con el pasado, su contraparte soviética, Boris Dragosani, personifica la brutalidad. Dragosani es un nigromante en el sentido más violento de la palabra: arranca secretos de los muertos mediante la mutilación y la tortura post-mortem. Esta rivalidad no es solo una lucha de espías, sino un choque ideológico sobre la ética de lo sobrenatural.
Sin embargo, el verdadero horror de *Necroscope* reside en su interpretación de los vampiros, conocidos aquí como los Wamphyri. Lejos de la imagen romántica o gótica tradicional, los Wamphyri de esta obra son parásitos alienígenas y depredadores de una malevolencia absoluta. El cómic utiliza su apartado visual para mostrar la grotesca biología de estas criaturas: seres que infectan a sus huéspedes con un huevo parasitario que altera su fisiología, otorgándoles poderes aterradores pero despojándolos de cualquier rastro de humanidad. La representación gráfica de las transformaciones y de la arquitectura orgánica de los Wamphyri es uno de los puntos fuertes de la edición, logrando una atmósfera de opresión y extrañeza que pocos cómics de la época alcanzaron.
Otro elemento distintivo de la obra es la incorporación de conceptos matemáticos y físicos aplicados a lo paranormal. Harry Keogh no solo habla con los muertos, sino que aprende de ellos el uso del Continuo de Möbius, una dimensión matemática que le permite teletransportarse a través del espacio y el tiempo. El cómic traduce estas teorías abstractas en secuencias de acción dinámicas y visualmente innovadoras, donde la geometría se convierte en un arma.
El tono de la obra es implacablemente oscuro. El guion respeta la complejidad de la prosa de Lumley, manteniendo un equilibrio entre los diálogos introspectivos de los muertos y la violencia explícita de los enfrentamientos contra las fuerzas de la Unión Soviética y las amenazas ancestrales que emergen de otros mundos. El arte, característico de la estética de los 90 pero con un enfoque más detallado en lo anatómico y lo macabro, refuerza la sensación de que el mundo de Keogh es un lugar donde la línea entre la vida y la muerte es peligrosamente delgada.
En resumen, el cómic de *Necroscope* es una pieza fundamental para los entusiastas del horror que buscan algo más allá de los tropos convencionales. Es una historia de espionaje psíquico a gran escala que explora la inmortalidad no como una bendición, sino como una extensión de la voluntad humana, ya sea para el aprendizaje o para la dominación absoluta. La obra consigue capturar la esencia de un protagonista que camina entre dos mundos, sirviendo de puente entre el silencio de la tumba y el estruendo de una guerra invisible que amenaza con consumir a la humanidad.