Los Escitas, obra del autor argentino Hernán Rodríguez, se erige como una de las propuestas más crudas y visualmente impactantes dentro del género de la ficción histórica en el cómic contemporáneo. Publicada originalmente por editoriales como Ponent Mon en España, esta obra no busca la idealización romántica de la Antigüedad, sino que se sumerge en el barro, la sangre y el polvo de las estepas euroasiáticas para narrar una historia de supervivencia, honor y decadencia.
La trama se sitúa en el siglo V a.C., un periodo de colisiones brutales entre imperios en expansión y pueblos nómadas que se resisten a ser asimilados. El relato sigue a un grupo de guerreros escitas, maestros de la arquería a caballo y poseedores de una ferocidad legendaria, que actúan como mercenarios en un mundo que empieza a quedarles pequeño. La narrativa arranca cuando este grupo es contratado para una misión que, en apariencia, parece un encargo más de escolta y protección, pero que rápidamente se transforma en una odisea desesperada a través de territorios hostiles.
El guion de Rodríguez evita los tropos del héroe invulnerable. Los protagonistas son hombres marcados por las cicatrices, tanto físicas como psicológicas, que viven bajo un código de conducta que resulta alienígena para las civilizaciones "sedentarias" como la persa o la griega. La historia explora la tensión constante entre el avance del Imperio Persa de Darío I y la resistencia fragmentada de las tribus de la estepa. Sin embargo, el conflicto no se presenta como una lucha de buenos contra malos, sino como un choque de cosmovisiones donde la moralidad es un lujo que pocos pueden permitirse.
Visualmente, Los Escitas es una exhibición de maestría técnica. Hernán Rodríguez utiliza un estilo de dibujo detallado y sucio que refuerza la atmósfera opresiva del relato. El diseño de personajes es soberbio: las armaduras de escamas, los tatuajes tribales y el equipo de los caballos están documentados con un rigor que deleitará a los entusiastas de la historia, pero sin sacrificar nunca la fluidez narrativa. El autor emplea una paleta de colores terrosos, dominada por ocres, grises y rojos viscerales, que transmiten la temperatura de la estepa y la violencia de los enfrentamientos.
El ritmo de la obra es implacable. Rodríguez alterna con gran habilidad secuencias de una calma tensa, donde el silencio de la llanura parece cobrar vida, con escenas de acción coreografiadas con una energía cinematográfica. Las batallas no son limpias; son caóticas, rápidas y letales, reflejando la táctica real de los escitas: golpear y huir, desgastando al enemigo antes de asestar el golpe final. La composición de las viñetas juega con la inmensidad del paisaje, subrayando la insignificancia del hombre frente a la naturaleza salvaje que habita.
Uno de los puntos más fuertes del cómic es su capacidad para retratar la cultura escita desde dentro. A través de diálogos parcos y gestos significativos, el lector comprende la importancia del caballo, el valor del oro como símbolo de estatus y la relación casi mística de estos guerreros con la muerte. No hay grandes discursos épicos; hay una aceptación pragmática del destino. La obra logra que el lector sienta el peso del cansancio de los personajes y la incertidumbre de un mundo donde las fronteras son fluidas y el peligro acecha tras cada colina.
En conclusión, Los Escitas es una pieza fundamental para entender el potencial del cómic como vehículo de reconstrucción histórica y narrativa de género. Es una obra que exige atención y que recompensa al lector con una experiencia inmersiva, alejándose de la fantasía heroica para ofrecer un retrato honesto y brutal de un pueblo que, aunque desapareció de la historia, dejó una huella imborrable en el imaginario colectivo. Es, en esencia, un relato sobre el fin de una era y la lucha de unos hombres por mantener su identidad en un mundo que ya no les pertenece.