Conan y Belit

La etapa de Conan y Bêlit dentro de la cabecera principal de *Conan the Barbarian* (específicamente entre los números 58 y 100 de la edición original de Marvel Comics) es considerada por la crítica y los coleccionistas como el punto álgido de la narrativa de espada y brujería en el noveno arte. Bajo la dirección de Roy Thomas en los guiones y el arte definitivo de John Buscema, este arco argumental expande un breve relato original de Robert E. Howard, «La reina de la Costa Negra», convirtiéndolo en una epopeya de largo aliento que redefine al personaje del cimmerio.

La premisa sitúa a un Conan joven, todavía forjando su identidad en las tierras del sur de Hyboria. Tras una serie de peripecias en los reinos civilizados, el bárbaro termina enrolado en un navío que es atacado por la *Tigresa*, el legendario barco pirata capitaneado por Bêlit. Ella no es una antagonista convencional, sino una mujer de una voluntad inquebrantable, adorada como una diosa por su tripulación de corsarios negros. El encuentro inicial, marcado por la violencia y el reconocimiento mutuo de una naturaleza salvaje, deriva en una alianza que durará años y que alejará a Conan de las estepas y montañas para convertirlo en un pirata temido en los mares del sur.

Desde el punto de vista narrativo, el cómic se aleja de la estructura episódica autoconclusiva para abrazar una continuidad densa. La relación entre Conan y Bêlit es el eje central, pero no se presenta como un romance edulcorado. Es una unión basada en la ambición, el saqueo y una devoción casi mística. Bêlit es la fuerza motriz; es ella quien posee la visión estratégica y el conocimiento de las leyendas antiguas, mientras que Conan actúa como su brazo ejecutor, su campeón y su igual. Esta dinámica permite a Roy Thomas explorar facetas de Conan que rara vez se ven en otras etapas: su capacidad de lealtad absoluta, su vulnerabilidad emocional y su adaptación a una cultura y un entorno —el mar y la selva— que le son completamente ajenos.

El escenario de la Costa Negra y los reinos de Kush proporcionan un trasfondo rico en elementos sobrenaturales. A lo largo de estos números, la pareja se enfrenta a horrores ancestrales, ciudades perdidas en la jungla y deidades olvidadas que exigen sacrificios de sangre. La atmósfera del cómic logra un equilibrio perfecto entre la aventura de capa y espada y el horror cósmico, manteniendo siempre un tono de realismo sucio donde el peligro es tangible y las heridas tienen consecuencias.

En el apartado visual, el trabajo de John Buscema, a menudo entintado por Ernie Chan, alcanza su madurez. Buscema dota a Conan de una anatomía poderosa pero ágil, alejándose de la rigidez de otros dibujantes. Su diseño de Bêlit es icónico: una figura que emana autoridad y peligro, cuya presencia domina la página tanto como la del propio cimmerio. La narrativa visual destaca por su dinamismo en las escenas de abordajes navales y combates cuerpo a cuerpo, pero también por su capacidad para retratar la introspección y la tensión sexual y política entre los protagonistas.

Esta etapa es fundamental porque humaniza al mito. A través de su interacción con la Reina de la Costa Negra, el lector descubre que Conan no es solo una fuerza de la naturaleza invulnerable, sino un hombre capaz de ligar su destino al de otra persona. La importancia de este arco radica en cómo Thomas logra estirar unos pocos párrafos de la obra original de Howard para construir una mitología propia dentro del canon de Marvel, respetando la esencia del material original pero dotándolo de una profundidad emocional que resonó durante décadas en la industria.

En resumen, 'Conan y Bêlit' no es solo una sucesión de batallas marítimas; es el estudio de una relación de poder y pasión en un mundo implacable. Es la crónica de los años en los que el bárbaro encontró a su par, transformándose de un mercenario errante en un líder de hombres, todo bajo la sombra de la mujer que reclamó su alma y su espada en las costas más peligrosas del mundo conocido. Una lectura esencial para entender la evolución del género y la consolidación de Conan como el icono definitivo de la fantasía heroica en el cómic.

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