Zanardi, la obra cumbre de Andrea Pazienza, no es solo un cómic; es la crónica descarnada, cínica y visualmente deslumbrante de una generación que se asomó al abismo de los años 80 y decidió saltar sin paracaídas. Publicado originalmente a partir de 1981 en las páginas de la mítica revista italiana *Frigidaire*, este título se erige como uno de los pilares del noveno arte europeo, rompiendo con las convenciones del héroe y del antihéroe para presentar algo mucho más perturbador: el vacío moral absoluto.
La obra se centra en la figura de Massimo Zanardi, apodado "Zanna". Físicamente, Pazienza lo dotó de una nariz ganchuda y afilada, ojos gélidos y una mandíbula prominente que le confieren un aspecto de ave rapaz. Zanardi es joven, de clase media-alta, inteligente y dotado de un carisma magnético, pero carece por completo de empatía, remordimientos o cualquier rastro de ética. No actúa por venganza, ni por ambición política, ni por una causa noble; actúa por puro aburrimiento, por el placer de la transgresión o simplemente porque puede hacerlo.
Acompañando a Zanardi encontramos a sus inseparables cómplices: Colasanti y Petrilli. Juntos forman un triunvirato de la crueldad juvenil. Colasanti es el seguidor, a menudo víctima de las manipulaciones de Zanna, mientras que Petrilli representa la debilidad y la dependencia. La dinámica entre ellos no es de amistad en el sentido tradicional, sino de una camaradería tóxica forjada en el consumo de drogas, el sexo casual y la búsqueda de emociones fuertes a costa del sufrimiento ajeno.
El escenario principal es la ciudad de Bolonia, retratada no como un centro histórico idílico, sino como un laberinto de apartamentos modernos, discotecas y calles donde la euforia política de los años 70 ha muerto, dejando paso al "riflusso": un repliegue hacia el individualismo más feroz y el hedonismo nihilista. Pazienza captura con precisión quirúrgica el lenguaje de la calle, el argot de los jóvenes de la época y la atmósfera de una Italia que transitaba entre la herencia de los "años de plomo" y la superficialidad de la era televisiva.
Narrativamente, *Zanardi* se compone de diversas historias cortas y novelas gráficas de mayor aliento, como la célebre *Giallo scolastico*. En ellas, Pazienza despliega un dominio técnico asombroso. Su dibujo es ecléctico y mutante; puede pasar de un realismo detallado y sucio a una caricatura grotesca en una sola página, adaptando el trazo al estado emocional de la escena. El uso del blanco y negro es magistral, con contrastes violentos que subrayan la agresividad de las tramas, aunque sus incursiones en el color muestran una sensibilidad pictórica que eleva el cómic a la categoría de arte mayor.
Lo que hace que *Zanardi* sea una lectura esencial y, a la vez, incómoda, es la ausencia de juicio moral por parte del autor. Pazienza no castiga a sus personajes ni busca redimirlos. Se limita a observar, con la precisión de un entomólogo, cómo estos jóvenes depredadores se mueven por un mundo que parece haber perdido el norte. La violencia en el cómic es seca, repentina y a menudo gratuita, lo que genera una tensión constante en el lector, quien se ve atrapado por la belleza del dibujo mientras es repelido por las acciones de los protagonistas.
En conclusión, *Zanardi* es el retrato de una juventud que, teniéndolo todo, no cree en nada. Es una obra que disecciona la maldad no como una fuerza metafísica, sino como una opción estética y vital nacida del tedio. Andrea Pazienza, quien falleció prematuramente a los 32 años, dejó en estas páginas su testamento artístico más potente: un espejo roto donde se refleja la cara más oscura de la modernidad. Es un cómic imprescindible para entender la evolución de la narrativa gráfica contemporánea y el potencial del medio para explorar las zonas más sombrías de la condición humana.