WinterWorld Vol. 2: El eco de la desolación blanca
La continuación de la saga *WinterWorld*, bajo el guion del veterano Chuck Dixon y el arte de Butch Guice, consolida una de las visiones más implacables y crudas del género postapocalíptico en el cómic contemporáneo. Tras el éxito de la miniserie original de los años 80 y el relanzamiento de la franquicia por parte de IDW Publishing, este segundo volumen —que recopila los arcos argumentales posteriores al reencuentro inicial de los protagonistas— profundiza en la mitología de un mundo donde el calentamiento global es un mito olvidado y la Tierra se ha convertido en un bloque de hielo perpetuo y letal.
La narrativa de este volumen se centra en la odisea de Scully, un comerciante nómada endurecido por las circunstancias, y Wynn, una joven cuya inocencia se ha transformado en una asombrosa capacidad de supervivencia. Acompañados por Rahrah, su leal y feroz tejón, el grupo debe abandonar la relativa "seguridad" de las llanuras heladas para enfrentarse a un nuevo tipo de pesadilla. Si el primer volumen establecía las reglas de este entorno hostil, el segundo volumen expande el mapa geográfico y humano, llevando a los personajes hacia las entrañas de lo que alguna vez fueron las grandes metrópolis de la civilización.
El conflicto central de esta entrega se traslada de la superficie al subsuelo. La trama, titulada originalmente como "The Deep", obliga a los protagonistas a descender a los restos de los sistemas de alcantarillado y túneles de metro. Este cambio de escenario no es meramente estético; Dixon lo utiliza para alterar el tono de la obra, pasando de la épica del desierto blanco a un terror claustrofóbico. En las profundidades, la escasez de luz y oxígeno se suma a la amenaza constante de nuevas facciones humanas que han involucionado hacia formas de organización social brutales y fanáticas.
Uno de los puntos fuertes de este volumen es la exploración de la "sociedad del frío". Dixon evita los clichés del género al presentar comunidades que no solo luchan por comida, sino por el control de la tecnología antigua y el calor, el recurso más valioso del planeta. Los antagonistas en este volumen no son simples villanos de cartón piedra; son subproductos de un ecosistema que ha eliminado cualquier rastro de empatía. La aparición de cultos que adoran a máquinas olvidadas y la presencia de restos mecánicos que aún funcionan añaden un matiz de ciencia ficción distópica que enriquece la supervivencia pura y dura.
En el apartado visual, Butch Guice realiza un trabajo excepcional al heredar el legado del artista original, Jorge Zaffino. Guice utiliza un entintado denso y sombras pesadas que capturan perfectamente la opresión de los túneles y la suciedad de un mundo que no ha visto el agua líquida en generaciones. Su diseño de personajes refleja el desgaste físico: rostros curtidos, ropa compuesta por retales de cuero y pieles, y una expresividad que transmite el cansancio crónico de quienes no saben si despertarán al día siguiente. La narrativa visual es fluida, priorizando la acción cinética en las secuencias de combate, que son frecuentes, violentas y carentes de cualquier heroísmo glamuroso.
La relación entre Scully y Wynn sigue siendo el ancla emocional de la historia. En este volumen, vemos una evolución en su dinámica; Wynn ya no es simplemente una protegida, sino una pieza activa y necesaria para la supervivencia del grupo, mientras que Scully comienza a mostrar las grietas de un hombre que ha intentado cerrar su corazón para no sufrir las pérdidas que el invierno impone.
*WinterWorld Vol. 2* es una obra que se define por su atmósfera. No hay esperanza de una cura para el clima ni de un rescate milagroso. Es un estudio sobre la resistencia humana llevado al extremo. Para el lector, este tomo ofrece una expansión necesaria de un universo que se siente vivo, peligroso y fascinante en su crueldad. Es una lectura esencial para quienes buscan una narrativa de supervivencia que priorice la construcción de mundo coherente y la acción cruda por encima de las concesiones comerciales. Dixon y Guice logran que el lector sienta el frío en cada página, manteniendo la tensión constante en un viaje donde el único objetivo es llegar al siguiente amanecer, aunque este sea igual de gris y gélido que el anterior.