Vincent y Van Gogh

Vincent y Van Gogh, la obra maestra del autor serbio Gradimir Smudja, es una de las propuestas más audaces, visualmente arrebatadoras y narrativamente ingeniosas que se han publicado en el ámbito de la novela gráfica europea contemporánea. Publicada originalmente por la editorial Delcourt, esta obra no busca ser una biografía canónica ni un retrato solemne del atormentado pintor neerlandés. Por el contrario, Smudja construye una ucronía satírica que subvierte el mito del genio para ofrecer una carta de amor al arte, cargada de humor ácido y una técnica pictórica que deja sin aliento.

La premisa central del cómic es tan sencilla como revolucionaria: ¿Y si Vincent van Gogh no hubiera tenido ni un ápice de talento? En esta versión de la historia, Vincent es un hombre mediocre, torpe y carente de visión artística, que deambula por Arles buscando una chispa de inspiración que nunca llega. Sin embargo, el destino le cruza con un gato callejero, pelirrojo y de modales refinados, llamado Van Gogh. Este felino resulta ser el verdadero genio, el poseedor de la técnica revolucionaria y la sensibilidad cromática que el mundo terminará admirando. A partir de este encuentro, se establece un pacto de conveniencia: el gato pinta las obras maestras y el humano pone la firma y se lleva los méritos (y los sufrimientos).

A lo largo de sus páginas, Smudja nos conduce por los hitos geográficos y emocionales de la vida del pintor, pero siempre bajo este prisma distorsionado. Desde los campos de girasoles hasta la mítica habitación de Arles, pasando por los encuentros con otros gigantes de la época como Paul Gauguin o Toulouse-Lautrec. La relación entre el hombre y el gato es el motor de la narrativa; una dinámica de "extraña pareja" donde el gato actúa como un mentor cínico y brillante, mientras que Vincent intenta lidiar con su propia incompetencia y la creciente locura que lo rodea.

Lo que eleva a Vincent y Van Gogh por encima de la parodia convencional es el asombroso despliegue visual de Smudja. El autor no se limita a dibujar un cómic; realiza un ejercicio de mimetismo pictórico sin precedentes. Cada viñeta es un homenaje directo a la pincelada empastada, el uso expresivo del color y la luz vibrante del postimpresionismo. Smudja integra los cuadros reales de Van Gogh dentro de la narrativa secuencial de tal manera que la frontera entre el arte de museo y el lenguaje del cómic se difumina por completo. Es un festín visual donde las noches estrelladas y los trigales bajo la tormenta cobran vida propia, envolviendo al lector en una atmósfera que es, a la vez, histórica y onírica.

El guion maneja con maestría un tono agridulce. Aunque el humor es constante —basado muchas veces en el absurdo de la situación y en la ironía de ver a un gato dictando lecciones de estética—, no ignora la melancolía intrínseca a la figura de Vincent. La obra explora temas profundos como la naturaleza de la autoría, el peso del reconocimiento y la delgada línea que separa el genio de la impostura. Al despojar a Vincent de su talento, Smudja lo humaniza de una forma inesperada, convirtiéndolo en un vehículo para reflexionar sobre la obsesión artística.

En conclusión, Vincent y Van Gogh es una lectura obligatoria tanto para los amantes de la historia del arte como para los devotos del noveno arte. Es una obra que desafía las convenciones del género biográfico para ofrecer algo mucho más vibrante: una fantasía desbordante que utiliza el lenguaje del cómic para explicar, quizás mejor que cualquier ensayo académico, la fuerza arrolladora de la pintura. Gradimir Smudja logra el milagro de que el lector termine la obra no solo habiendo disfrutado de una historia ingeniosa, sino sintiendo que ha caminado, literalmente, por el interior de los cuadros más famosos de la historia.

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