Vampire State Building es una obra que, desde su propio título, establece una premisa tan directa como perturbadora: el rascacielos más icónico de Nueva York convertido en un matadero vertical. Escrita por el dúo creativo Ange (Anne y Gérard Guéro) junto a Patrick Renault, y dibujada por el aclamado Charlie Adlard —mundialmente reconocido por su trabajo en *The Walking Dead*—, esta novela gráfica se posiciona como un referente contemporáneo del género de terror y supervivencia en el noveno arte.
La narrativa nos presenta a Terry Fisher, un joven que está a punto de partir hacia una misión militar en Afganistán. Como despedida, sus amigos organizan una fiesta en la planta número 100 del Empire State Building. Lo que comienza como una celebración urbana convencional, cargada de las tensiones personales y las expectativas de un grupo de jóvenes, se fractura abruptamente cuando un antiguo mal despierta en los cimientos del edificio. Un culto oscuro ha elegido esa noche y ese lugar para llevar a cabo un ritual de sangre destinado a despertar a una deidad vampírica ancestral. En cuestión de minutos, el rascacielos queda sellado del mundo exterior, transformándose en una trampa mortal donde los depredadores no solo son letales, sino que cuentan con una ventaja táctica absoluta.
El guion de Ange y Renault destaca por su capacidad para gestionar el ritmo. La historia no pierde tiempo en preámbulos innecesarios, lanzando al lector y a los protagonistas a una espiral de violencia y claustrofobia. A diferencia de otras interpretaciones modernas del mito del vampiro, aquí estas criaturas son presentadas como monstruos voraces, despojados de cualquier rastro de romanticismo. Son cazadores eficientes que utilizan la arquitectura del edificio —conductos de ventilación, huecos de ascensor y escaleras de emergencia— para acosar a los supervivientes. La trama se estructura como una huida desesperada hacia abajo, un descenso a los infiernos donde cada piso superado representa una pequeña victoria pagada con sangre.
El apartado visual es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de la obra. Charlie Adlard abandona los zombis para sumergirse en una oscuridad mucho más densa. Su estilo, caracterizado por un uso magistral de las sombras y un trazo sucio pero expresivo, es ideal para capturar la atmósfera opresiva de un edificio sin luz. Adlard logra que el Empire State se sienta como un personaje más: un laberinto de acero y hormigón que se cierra sobre los protagonistas. La representación de la violencia es cruda y visceral, pero siempre está al servicio de la tensión narrativa, evitando el gore gratuito para centrarse en el terror psicológico de ser la presa en un entorno cerrado.
Uno de los aciertos de *Vampire State Building* es cómo utiliza la verticalidad del escenario para generar suspense. La progresión de la historia es física; el lector siente el agotamiento de los personajes mientras intentan navegar por la estructura del rascacielos. Además, el cómic juega con la ironía de estar en el centro de una de las metrópolis más pobladas del mundo, a la vista de miles de personas, pero estar completamente aislado y fuera del alcance de cualquier ayuda.
En resumen, *Vampire State Building* es una propuesta sólida que combina el cine de acción de los años 80 —con ecos inevitables a *Jungla de Cristal*— con el horror puro de las invasiones de criaturas. Es una lectura obligatoria para los seguidores de Charlie Adlard y para cualquier aficionado al género que busque una historia autoconclusiva, intensa y visualmente impactante. La obra cumple con creces su promesa: ofrecer un asedio implacable donde el rascacielos más famoso del mundo se convierte en el escenario de una pesadilla de la que parece imposible despertar. Sin florituras ni concesiones, es un ejercicio de supervivencia pura que redefine el asedio vampírico en el siglo XXI.