Undertaker, escrita por Xavier Dorison e ilustrada por Ralph Meyer, con el color de Caroline Delabie, se ha consolidado desde su lanzamiento en 2015 como una de las cumbres del género western en el cómic europeo contemporáneo. Publicada originalmente por la editorial francesa Dargaud, esta obra no solo rinde homenaje a los clásicos del género, como el legendario *Blueberry* de Charlier y Giraud, sino que logra revitalizar la narrativa del Lejano Oeste con una perspectiva más sombría, cínica y profundamente psicológica.
La trama se centra en la figura de Jonas Crow, un hombre de aspecto fúnebre y pasado enigmático que ejerce el oficio de sepulturero itinerante. A bordo de su carruaje negro, acompañado únicamente por un buitre domesticado llamado Jed, Crow recorre los áridos paisajes de los Estados Unidos tras la Guerra de Secesión. Su labor consiste en ofrecer un entierro digno a quienes la vida ha tratado con dureza, bajo la premisa de que la muerte es el único negocio que nunca conoce la crisis. Sin embargo, tras su apariencia de profesional imperturbable y sus frases cargadas de un humor negro mordaz, se esconde un hombre perseguido por sus propios demonios y por un historial de violencia que intenta dejar atrás.
El primer arco argumental, que abarca los dos primeros álbumes (*El devorador de oro* y *La danza de los buitres*), establece el tono de la serie. Jonas Crow es contratado por Aniel Cusco, un acaudalado y cruel propietario de minas que, sintiendo la muerte cerca, decide llevarse su fortuna a la tumba de la manera más literal posible: ingiriendo sus pepitas de oro antes de expirar. Crow recibe el encargo de transportar el cadáver hasta una mina lejana para darle sepultura, pero la noticia de que el cuerpo contiene una fortuna se propaga rápidamente. Lo que comienza como un servicio funerario se transforma en una persecución frenética a través del desierto, donde el protagonista deberá lidiar con mineros desesperados, forajidos sin escrúpulos y la desconfianza de sus dos acompañantes: Rose Prairie, una institutriz de principios férreos, y Lin, una joven china que trabaja para Cusco.
Uno de los pilares fundamentales de *Undertaker* es su capacidad para explorar la moralidad en un entorno donde la supervivencia suele imponerse a la ética. Jonas Crow no es el típico héroe de western; es un antihéroe pragmático que entiende que, en la frontera, la línea entre la justicia y la venganza es casi inexistente. A medida que la serie avanza en arcos posteriores, como el enfrentamiento con el "Ogro de Sutter Camp" o la búsqueda de redención en el pasado militar de Crow, el guion de Dorison profundiza en temas como la culpa, la codicia humana y la hipocresía de la civilización naciente.
Visualmente, el trabajo de Ralph Meyer es magistral. Su dibujo hereda la suciedad y el realismo del western crepuscular, con un nivel de detalle asombroso en la caracterización de los personajes y la ambientación de los escenarios. Meyer utiliza una narrativa cinematográfica, alternando planos panorámicos de paisajes desoladores con primeros planos cargados de expresividad que transmiten la tensión de los duelos y los conflictos internos. El color de Caroline Delabie es el complemento perfecto, utilizando una paleta de tonos ocres, polvorientos y sombras profundas que refuerzan la atmósfera opresiva y fúnebre que impregna toda la obra.
En conclusión, *Undertaker* es una obra imprescindible para cualquier amante del noveno arte. Logra equilibrar la acción trepidante con una narrativa densa y personajes tridimensionales que evolucionan con cada entrega. No es solo una historia de pistoleros y caballos; es una reflexión sobre la mortalidad y la carga de los secretos que arrastramos hasta el final de nuestros días. La serie ha conseguido, por méritos propios, situarse como el referente moderno del BD de frontera, demostrando que el western todavía tiene muchas historias oscuras y fascinantes que contar.