La revista y colección de álbumes Trinca, publicada por la Editorial Doncel entre 1970 y 1973, representa uno de los hitos más significativos en la historia del noveno arte en España. Surgida en un contexto de transición social y cultural, esta publicación no fue simplemente una revista de historietas más, sino el vehículo fundamental para la modernización del cómic nacional, marcando el nacimiento de lo que la crítica denominó la «Nueva Escuela Madrileña» y sirviendo de puente entre el tebeo clásico de aventuras y el cómic adulto que eclosionaría en los años ochenta.
Desde un punto de vista técnico y editorial, *Trinca* rompió con los estándares de precariedad que habían caracterizado a la industria española de posguerra. La apuesta de Doncel se tradujo en una edición de lujo para la época: gran formato, papel de alta calidad y una impresión en color excepcional que permitía apreciar el virtuosismo gráfico de sus colaboradores. Este despliegue visual no era gratuito; respondía a una voluntad de dignificar el medio y de competir con las sofisticadas revistas franco-belgas como *Pilote* o *Tintin*.
El contenido de *Trinca* se estructuraba en torno a la serialización de obras que, posteriormente, eran recopiladas en álbumes independientes, siguiendo el modelo europeo. Narrativamente, la revista se alejó del maniqueísmo y de las estructuras rígidas del cuaderno de aventuras tradicional para abrazar una narrativa más cinematográfica, experimental y ambiciosa. Los guiones empezaron a explorar la psicología de los personajes, la crítica social velada y una épica mucho más cruda y realista.
Uno de los pilares fundamentales de la publicación fue la obra de Víctor de la Fuente, cuya serie *Haxtur* supuso una revolución estética y narrativa. A través de un dibujo vigoroso y una composición de página innovadora, De la Fuente transformó el género de la fantasía heroica en una reflexión sobre el poder y la libertad, alejándose de los arquetipos del héroe invulnerable. Su influencia en el resto de los autores de la revista y en las generaciones posteriores es incalculable.
Otro nombre imprescindible vinculado a *Trinca* es el de Antonio Hernández Palacios. Sus obras *Manos Kelly* y *El Cid* elevaron el listón del realismo gráfico en España. En *Manos Kelly*, Palacios reinventó el género del western con un rigor histórico y una paleta cromática que capturaba la atmósfera del desierto de forma inédita. Por su parte, *El Cid* se alejó de la visión hagiográfica del personaje histórico para ofrecer una reconstrucción visual de la Edad Media española que todavía hoy se considera insuperable por su detalle arquitectónico y militar.
La revista también fue el escenario donde Esteban Maroto desplegó su barroquismo visual en series como *Alma de Dragón* o *Wolff*, aportando una estética esteticista y sensual que conectaba con las corrientes del cómic fantástico internacional. Asimismo, autores como Alfonso Azpiri, con sus primeros trabajos, o Carlos Giménez, quien aportó una visión más costumbrista y social, encontraron en estas páginas el espacio necesario para desarrollar un estilo propio, libre de las ataduras de las agencias de distribución que dominaban el mercado exterior.
El catálogo de *Trinca* no se limitó a la aventura seria. También dio cabida al humor inteligente y a la experimentación gráfica, siempre bajo una premisa de calidad artística superior. La dirección editorial, en la que participaron figuras como Antonio Martín, supo aglutinar a una generación de autores que deseaban romper con el pasado y situar al cómic español en la vanguardia europea.
A pesar de su corta vida —apenas 65 números y una treintena de álbumes—, el impacto de *Trinca* fue sísmico. No solo permitió que los autores españoles recuperaran la propiedad de sus obras y fueran reconocidos por su nombre, sino que educó el gusto de una nueva generación de lectores que empezaron a ver el cómic como una forma de expresión artística legítima y compleja. *Trinca* fue, en esencia, el laboratorio donde se fraguó la madurez del cómic español, proporcionando las herramientas visuales y narrativas que definirían la industria en las décadas venideras. Su legado reside en haber demostrado que el talento nacional era capaz de producir obras maestras de alcance universal cuando se le dotaba de los medios técnicos y la libertad creativa adecuados.