Adentrarse en las páginas de "Tío Vivo Ep2" es, ante todo, un ejercicio de rendición ante la potencia visual y el delirio narrativo. En esta segunda entrega de la obra gestada por la dupla creativa de Luciano Saracino en el guion y el magistral Ariel Olivetti en el arte, nos encontramos con una pieza que desafía las convenciones del cómic tradicional para situarse en un terreno colindante con el surrealismo, la filosofía existencial y la pesadilla lúcida.
Si el primer episodio servía como una toma de contacto con este universo fragmentado, el segundo episodio actúa como una inmersión profunda en la que las reglas del tiempo y el espacio parecen haberse disuelto por completo. La premisa central sigue girando en torno a ese "Tío Vivo" —el término español para un carrusel o calesita— que aquí no funciona como un objeto de diversión infantil, sino como una metáfora mecánica y despiadada del eterno retorno, de los ciclos de la vida y de la memoria que se niega a morir.
La sinopsis de este segundo capítulo nos sitúa tras los pasos de un protagonista cuya fisonomía, imponente y casi hercúlea (marca de la casa de Olivetti), contrasta con una vulnerabilidad interna que supura en cada viñeta. Este hombre se desplaza por un paisaje que parece haber sido arrancado de un sueño febril: estructuras imposibles, cielos densos y una atmósfera cargada de una melancolía táctil. En este episodio, el viaje se vuelve más introspectivo. El protagonista no solo huye o busca; se enfrenta a los ecos de su propia existencia, representados en figuras que oscilan entre lo grotesco y lo divino.
El guion de Saracino en este segundo número es parco en palabras pero inmenso en significado. No busca explicar el mundo al lector, sino hacerlo sentir el peso de la soledad y la búsqueda de redención. Cada diálogo y cada cuadro de texto están medidos con precisión quirúrgica para no romper el hechizo visual, funcionando más como una banda sonora poética que como una exposición narrativa. La trama avanza a través de sensaciones: la sensación de estar atrapado en un engranaje cósmico, la angustia de la pérdida y la extraña belleza que reside en la decadencia.
Por su parte, el trabajo de Ariel Olivetti en "Tío Vivo Ep2" es, sencillamente, antológico. El artista argentino utiliza su técnica de pintura digital para crear volúmenes que parecen salirse de la página. La anatomía de los personajes, tratada con un realismo casi escultórico, se funde con fondos abstractos y texturas que evocan el óxido, la carne y el polvo. El uso del color en este episodio es fundamental: las paletas cromáticas transitan de los grises y sepias industriales a estallidos de color que simbolizan momentos de revelación o peligro extremo.
Lo que hace que este episodio sea una pieza de colección es su capacidad para generar preguntas sin necesidad de ofrecer respuestas masticadas. ¿Es el Tío Vivo una prisión o un refugio? ¿Son los seres que pueblan este mundo proyecciones de la culpa o entidades reales de una dimensión olvidada? El lector se ve obligado a participar activamente, completando con su propia sensibilidad los huecos de una historia que se siente tan antigua como el tiempo mismo, pero narrada con una estética rabiosamente moderna.
En conclusión, "Tío Vivo Ep2" es una experiencia sensorial necesaria para cualquier amante del noveno arte que busque algo más que entretenimiento ligero. Es una obra que se lee con los ojos bien abiertos y el corazón en un puño, una exploración sobre la condición humana bajo la lente de dos de los creadores más interesantes del panorama actual. No es solo un cómic sobre un viaje; es el viaje en sí mismo, uno que gira incesantemente sobre un eje de belleza y desesperación,