Texas Cowboys

Texas Cowboys, la obra nacida de la colaboración entre el guionista Lewis Trondheim y el dibujante Matthieu Bonhomme, se erige como una de las aproximaciones más frescas y, a la vez, respetuosas al género del *western* en el cómic europeo contemporáneo. Publicada originalmente por entregas en la revista *Spirou* antes de su recopilación en álbum, esta obra no solo rinde homenaje a los clásicos del género, sino que los deconstruye con una narrativa ágil y un apartado visual impecable.

La trama se sitúa a finales del siglo XIX y sigue los pasos de Harvey Drinkwater, un joven periodista de Boston que viaja hasta Fort Worth, Texas, con un propósito claro: encontrar historias auténticas sobre el Salvaje Oeste para alimentar las columnas de su periódico. Drinkwater representa el arquetipo del hombre civilizado, un "city boy" con gafas y libreta en mano, que desembarca en un territorio donde la ley es una sugerencia y la violencia es el lenguaje cotidiano. Sin embargo, lejos de ser un mero observador pasivo, Harvey se ve rápidamente envuelto en la compleja red de intereses, venganzas y supervivencia que define a la frontera.

La estructura narrativa de *Texas Cowboys* es uno de sus puntos más fuertes. Trondheim no opta por una línea recta convencional, sino que fragmenta la historia en capítulos cortos que funcionan como viñetas de un mosaico más grande. A través de estos episodios, conocemos a una galería de personajes secundarios que dotan de tridimensionalidad al relato: desde Ivy, una jugadora de cartas profesional con una agenda propia y una determinación inquebrantable, hasta los miembros de la temible banda de los Triple A, un grupo de forajidos que mantiene en vilo a la región.

El guion de Trondheim destaca por su capacidad para equilibrar el humor irónico con la crudeza propia del género. No hay una idealización romántica del vaquero; los personajes son a menudo sucios, egoístas o simplemente están tratando de llegar vivos al día siguiente. La interacción entre el idealismo periodístico de Drinkwater y la realidad descarnada de Texas genera una tensión constante que impulsa la lectura.

En el apartado gráfico, Matthieu Bonhomme realiza un trabajo magistral que evoca la estética de los *pulps* y los cómics clásicos de mediados del siglo XX. Su trazo es limpio pero dinámico, capaz de transmitir tanto la inmensidad de los paisajes tejanos como la claustrofobia de un salón lleno de humo. Un elemento distintivo de la obra es su uso del color. Bonhomme emplea una paleta limitada, a menudo basada en tonos bitono o colores planos que cambian según la atmósfera de la escena (amarillos polvorientos, azules nocturnos, rojos intensos para la violencia), lo que refuerza esa sensación de estar ante una publicación de época, pero con una narrativa visual totalmente moderna.

La obra también explora la transición del mito a la realidad. A través de los ojos de Drinkwater, el lector percibe cómo se construyen las leyendas del Oeste: a menudo basadas en malentendidos, exageraciones o actos de pura desesperación que luego son embellecidos para el público del Este. Este metacomentario sobre el propio género añade una capa de profundidad que eleva a *Texas Cowboys* por encima de la media de los cómics de aventuras.

En resumen, *Texas Cowboys* es una pieza esencial para cualquier amante del noveno arte. Es un ejercicio de estilo donde Trondheim y Bonhomme demuestran un dominio absoluto del ritmo y la caracterización. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales artificiosos, la obra atrapa al lector mediante la construcción de un mundo vibrante, peligroso y fascinante. Es, en última instancia, un relato sobre la pérdida de la inocencia y la cruda realidad que se esconde tras las botas de cuero y las estrellas de sheriff, servido con un despliegue visual que justifica por sí solo su lectura.

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