Tarzán: La Consagración Visual del Rey de la Selva (La Era de Foster y Hogarth)
Hablar de Tarzán en el mundo del noveno arte es, inevitablemente, rendir pleitesía a dos nombres que transformaron la narrativa gráfica para siempre: Harold Foster y Burne Hogarth. Aunque el personaje fue creado por la pluma de Edgar Rice Burroughs en 1912, fue en las páginas dominicales de los periódicos estadounidenses donde el "Rey de la Selva" alcanzó su cénit estético y se convirtió en un icono visual imperecedero. La etapa que comprende el trabajo de estos dos colosos no es solo una adaptación de novelas de aventuras; es la crónica de cómo el cómic aprendió a ser arte con mayúsculas.
La andadura comienza con Hal Foster, quien asumió las páginas dominicales en 1931. Antes de crear su obra maestra, *Príncipe Valiente*, Foster sentó las bases del realismo en el cómic. Su Tarzán no era una caricatura, sino un espécimen humano de proporciones clásicas, moviéndose en un entorno renderizado con una precisión casi fotográfica para la época. Foster abandonó el uso de los globos de texto tradicionales, optando por bloques de narrativa situados en la parte inferior o superior de las viñetas. Esta decisión confirió a la obra un aire de "libro ilustrado de lujo" y permitió que el dibujo respirara, otorgando una majestuosidad cinematográfica a las persecuciones por la jungla y a los encuentros con civilizaciones perdidas. Bajo su pincel, la selva africana dejó de ser un decorado plano para convertirse en un ecosistema vibrante, peligroso y profundamente romántico.
Sin embargo, en 1937, el testigo pasó a manos de un joven Burne Hogarth, cuya llegada supuso una revolución sísmica. Si Foster era el equilibrio y la elegancia académica, Hogarth fue la energía pura, el dinamismo y la introspección anatómica. Conocido posteriormente como el "Miguel Ángel de los cómics", Hogarth llevó la representación del cuerpo humano a un nivel de expresionismo nunca antes visto. En sus manos, Tarzán se convirtió en un nudo de músculos en tensión constante; cada salto entre lianas, cada lucha contra un gran simio o un león, era una lección de anatomía dinámica donde las venas, los tendones y la torsión del torso narraban la ferocidad de la supervivencia.
La sinopsis de esta etapa nos sumerge en el corazón de una África mítica. Acompañamos a Lord Greystoke en su eterno conflicto entre su herencia aristocrática y su naturaleza salvaje. A través de las planchas de Foster y Hogarth, el lector recorre desde las profundidades de la selva virgen hasta las ciudades olvidadas de Opar, enfrentándose a tribus guerreras, buscadores de tesoros sin escrúpulos y criaturas que parecen extraídas de pesadillas prehistóricas. No obstante, el verdadero protagonista es el movimiento. En las etapas de Hogarth, especialmente, el paisaje parece cobrar vida propia: los árboles se retuercen como manos gigantes y la vegetación parece participar del drama que viven los personajes.
Lo que hace que 'Tarzán de Foster y Hogarth' sea una obra imprescindible para cualquier coleccionista no es solo la nostalgia, sino la evolución del lenguaje visual. Aquí se gestaron técnicas de composición, escorzos imposibles y un uso del claroscuro que influiría a generaciones de artistas posteriores. Mientras Foster nos ofrece la nobleza y la serenidad del héroe, Hogarth nos entrega su angustia y su poderío físico casi sobrehumano.
En definitiva, esta recopilación de las tiras clásicas representa la "Edad de Oro" del personaje. Es una invitación a descubrir por qué, décadas antes de los efectos especiales digitales, un hombre con taparrabos y un cuchillo logró capturar la imaginación del mundo entero. Es, por encima de todo, el testimonio de dos genios que utilizaron la figura de Tarzán para explorar los límites de la belleza plástica en el papel, convirtiendo cada página dominical en una pieza de museo que aún hoy, casi un siglo después, sigue desbordando fuerza, misterio y una inigualable sensación de aventura.