Tarzan de Burne Hogarth

Tarzán de Burne Hogarth: La Apoteosis del Movimiento y el Arte Secuencial

Cuando hablamos del *Tarzán* de Burne Hogarth, no nos referimos simplemente a una adaptación de la obra literaria de Edgar Rice Burroughs, sino a uno de los hitos más deslumbrantes en la historia del noveno arte. Al asumir el testigo de manos del legendario Hal Foster en 1937, Hogarth no solo mantuvo la relevancia del Rey de la Selva en las páginas dominicales de los periódicos, sino que elevó el medio del cómic a una categoría artística que le valió el sobrenombre de "el Miguel Ángel de los cómics". Esta obra es, en esencia, un tratado sobre la anatomía humana en tensión y la naturaleza como un escenario barroco y vibrante.

La sinopsis de esta etapa nos sitúa en una África mítica y salvaje, alejada de cualquier realismo geográfico, para sumergirnos en un territorio de fantasía épica. Lord Greystoke, el hombre criado por los grandes simios, se desplaza por este entorno no como un simple superviviente, sino como una fuerza de la naturaleza. A través de las páginas de Hogarth, acompañamos a Tarzán en una serie de odiseas que lo llevan a descubrir ciudades perdidas, enfrentarse a civilizaciones olvidadas que parecen extraídas de sueños febriles y luchar contra bestias que desafían la lógica de la evolución.

Lo que define la narrativa de Hogarth es su enfoque en la "anatomía dinámica". Cada viñeta es una explosión de energía. Bajo su pluma, los músculos de Tarzán se tensan, se retuercen y se expanden con una expresividad casi exagerada, pero dotada de una armonía interna asombrosa. El protagonista no solo corre o salta; se proyecta a través del espacio con una elegancia atlética que redefine el movimiento en el papel. La selva, por su parte, deja de ser un mero fondo decorativo para convertirse en un personaje vivo: un laberinto de lianas retorcidas, árboles de formas imposibles y sombras densas que parecen acechar al lector.

El Tarzán de Hogarth se divide fundamentalmente en dos grandes periodos que cualquier entusiasta debe conocer. El primero comprende su trabajo en las tiras dominicales entre finales de los años 30 y los años 40, donde perfeccionó su estilo narrativo y su uso del claroscuro. El segundo, y quizás el más impactante visualmente, es su regreso al personaje en la década de los 70 para realizar novelas gráficas que adaptaban los relatos originales de Burroughs. En estas últimas, Hogarth, ya con una madurez técnica absoluta, prescinde de las limitaciones de la prensa diaria para ofrecer composiciones de página que son auténticos frescos renacentistas.

En cuanto a la trama, sin entrar en detalles que arruinen la experiencia, el lector encontrará un Tarzán que es un puente entre dos mundos. Por un lado, la nobleza inherente de su linaje británico y, por otro, la ferocidad indómita de su crianza selvática. Las historias exploran temas universales como la codicia de los hombres "civilizados" que se adentran en la jungla, el honor entre guerreros de tribus ocultas y la lucha constante por el equilibrio en un ecosistema donde solo el más fuerte —o el más astuto— prevalece.

Leer el *Tarzán* de Burne Hogarth es asistir a una clase magistral de dibujo. Es una obra donde la forma a menudo supera al contenido, no porque las historias carezcan de interés, sino porque la belleza plástica de cada cuadro es tan poderosa que obliga a detenerse y estudiar cada trazo. Hogarth no buscaba el realismo, buscaba la expresión máxima de la vitalidad humana.

En conclusión, esta obra es indispensable para entender la evolución del cómic moderno. Influyó a generaciones de artistas, desde los dibujantes de superhéroes de la Edad de Plata hasta los ilustradores de fantasía contemporáneos. Es una invitación a perderse en una jungla de tinta donde el peligro es constante, la aventura es infinita y la figura humana alcanza su máxima expresión de libertad y poder. Para el coleccionista y el amante del arte, el Tarzán de Hogarth no es solo un cómic; es la prueba de que el papel y la tinta pueden capturar la esencia misma del movimiento.

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