Tarzan

Tarzán: El Señor de la Selva – La Epopeya Visual del Mito de Edgar Rice Burroughs

Tarzán de los Monos no es solo un personaje literario; es uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta la cultura popular del siglo XX. Si bien su origen se remonta a las novelas de *pulp* de Edgar Rice Burroughs en 1912, fue en las páginas del noveno arte donde el personaje alcanzó una dimensión estética y narrativa que lo convirtió en un icono inmortal. Hablar del cómic de Tarzán es recorrer la historia misma de la ilustración secuencial, desde las tiras de prensa dominicales hasta las novelas gráficas contemporáneas.

La premisa, conocida universalmente pero siempre fascinante, nos sitúa a finales del siglo XIX. Tras un motín y el posterior naufragio en las inhóspitas costas del África ecuatorial, John Clayton III, Lord Greystoke, y su esposa Lady Alice, quedan abandonados a su suerte. Tras la trágica muerte de sus padres, su hijo recién nacido es adoptado por Kala, una hembra de una especie de simios desconocida para la ciencia: los Mangani. Rebautizado como "Tarzán" (que en la lengua de los simios significa "Piel Blanca"), el niño crece bajo las leyes de la selva, desarrollando una fuerza sobrehumana, una agilidad prodigiosa y una inteligencia que lo sitúa por encima de cualquier depredador.

El cómic de Tarzán no es simplemente una historia de supervivencia; es un estudio profundo sobre la dualidad humana, el conflicto entre la naturaleza y la civilización, y el concepto del "noble salvaje". A través de las décadas, diversos autores han plasmado esta lucha. La versión en viñetas permite explorar lo que las palabras a veces solo sugieren: la majestuosidad de una selva que es, al mismo tiempo, un paraíso virgen y un infierno verde lleno de peligros ancestrales.

Uno de los mayores atractivos de esta obra en el formato cómic es su evolución artística. Desde los trazos pioneros de Hal Foster, quien dotó a la serie de un realismo pictórico y una elegancia clásica, pasando por la maestría anatómica de Burne Hogarth —conocido como el "Miguel Ángel del cómic"—, hasta llegar a la etapa visceral y cruda de Joe Kubert en los años 70. Cada autor ha aportado una capa distinta al mito. Mientras que las etapas clásicas se centraban en la aventura exótica y el descubrimiento de ciudades perdidas como Opar (repletas de tesoros y sacrificios rituales), las interpretaciones más modernas han profundizado en la psicología de un hombre que no pertenece plenamente a ningún mundo: es demasiado humano para los simios y demasiado salvaje para la aristocracia londinense.

El encuentro con Jane Porter, una joven estadounidense que llega a la selva en una expedición, marca el punto de inflexión narrativo. Sin caer en *spoilers*, su presencia introduce el elemento del romance y la redescubierta humanidad de Tarzán, obligándolo a enfrentarse a su herencia como heredero de una fortuna británica. Sin embargo, el cómic brilla especialmente cuando Tarzán actúa como protector de su dominio, enfrentándose a cazadores furtivos, exploradores codiciosos y amenazas sobrenaturales que acechan en los rincones inexplorados del continente.

La narrativa visual del cómic de Tarzán destaca por su dinamismo. Las escenas de acción, donde el protagonista se desplaza por las copas de los árboles mediante el uso de lianas (una licencia creativa del cómic y el cine que no estaba tan presente en los libros originales), son lecciones de composición y ritmo. El lector siente la tensión de los músculos, el rugido de los leones y el silencio opresivo de la jungla antes de la tormenta.

En resumen, el cómic de Tarzán es una lectura esencial para cualquier amante del género de aventuras. Es una obra que trasciende el tiempo porque apela a un deseo primario: el retorno a lo salvaje y la libertad absoluta frente a las restricciones de la sociedad moderna. Ya sea a través de las ediciones clásicas de Gold Key, las potentes historias de DC Comics, la elegancia de Marvel o las revisiones contemporáneas de Dark Horse y Dynamite, Tarzán sigue siendo el rey indiscutible de un mundo donde solo los más fuertes y los más nobles sobreviven. Es, en última instancia, el recordatorio de que bajo nuestras ropas y leyes, todavía late un corazón que reconoce el llamado de la selva.

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