Tank Girl

Publicado por primera vez en 1988 en las páginas de la revista británica *Deadline*, *Tank Girl* es mucho más que un cómic de ciencia ficción; es un artefacto cultural que encapsula la estética punk, la rebelión juvenil y el caos narrativo de finales de los años 80 y principios de los 90. Creada por el guionista Alan Martin y el dibujante Jamie Hewlett (quien años más tarde alcanzaría la fama mundial como el co-creador visual de la banda virtual Gorillaz), la obra rompió con todas las convenciones del cómic de aventuras tradicional para ofrecer una experiencia visceral, anárquica y profundamente irreverente.

La historia se sitúa en una Australia post-apocalíptica, un páramo desértico que, si bien bebe de la iconografía de *Mad Max*, se aleja rápidamente de la solemnidad del cine de George Miller para abrazar el absurdo. La protagonista es Rebecca Buck, conocida universalmente como Tank Girl. Rebecca no es la típica heroína de acción; es una proscrita, una mercenaria de moral distraída y una fuerza de la naturaleza que vive, duerme y combate dentro de un tanque colosal y caótico, que funciona tanto como su hogar como su principal herramienta de destrucción.

El trasfondo argumental nos presenta a una Tank Girl que inicialmente trabaja para una organización gubernamental nebulosa, realizando misiones de transporte y defensa. Sin embargo, debido a su naturaleza indomable y a una serie de incidentes accidentales (y otros no tan accidentales), termina convirtiéndose en la enemiga número uno del sistema. A partir de ese momento, el cómic se transforma en una crónica de su vida errante por el desierto, huyendo de las autoridades, enfrentándose a corporaciones corruptas y sobreviviendo a situaciones que desafían cualquier lógica narrativa.

Uno de los pilares fundamentales de *Tank Girl* es su elenco de personajes secundarios, que refuerzan el tono surrealista de la obra. El más destacado es Booga, un canguro mutante que no solo es el fiel compañero de aventuras de Rebecca, sino también su interés romántico. Esta relación, tratada con una naturalidad desconcertante dentro del caos del cómic, establece el tono de lo que el lector puede esperar: una ruptura total con los tabúes y las expectativas sociales. A ellos se unen personajes como Jet Girl, una mecánica experta en aviones; Barney, una mujer con problemas mentales y una fuerza impredecible; y Sub Girl, que opera en las profundidades marinas.

Visualmente, el cómic es una revolución. El estilo de Jamie Hewlett en estas páginas es sucio, detallado y extremadamente dinámico. Sus viñetas están saturadas de elementos: carteles, grafitis, manchas de tinta y referencias a la cultura pop de la época. La narrativa no es lineal ni convencional; a menudo, la acción se interrumpe para dar paso a anuncios falsos, diagramas del tanque, letras de canciones o poemas surrealistas. Esta técnica de "collage" visual y narrativo otorga a *Tank Girl* una energía frenética que imita el ritmo de un fanzine autoeditado, elevando el concepto de "hazlo tú mismo" (DIY) a la categoría de arte secuencial profesional.

El tono de la obra oscila entre el humor negro, la sátira política y la violencia gratuita, siempre bajo un prisma de libertad absoluta. No hay una búsqueda de redención para los personajes, ni un arco heroico tradicional. Tank Girl y sus amigos simplemente intentan sobrevivir en un mundo que se ha vuelto loco, respondiendo a esa locura con una dosis aún mayor de excentricidad. La protagonista se convirtió rápidamente en un icono feminista no convencional; una mujer que no buscaba la aprobación de nadie, que vestía de forma desaliñada, que era sexualmente libre y que resolvía sus problemas con una mezcla de ingenio callejero y artillería pesada.

En resumen, *Tank Girl* es una pieza esencial para entender la evolución del cómic independiente. Es una obra que desprecia las estructuras rígidas y prefiere la experimentación constante. Leer *Tank Girl* es sumergirse en un torbellino de punk rock, arena de desierto y cerveza barata, donde la única regla es que no hay reglas. Es un testimonio de una época en la que el cómic británico se atrevió a ser feo, ruidoso y absolutamente inolvidable, dejando una huella imborrable en la estética visual contemporánea.

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