Super Tio Vivo

Hablar de Super Tío Vivo es sumergirse en una de las épocas más vibrantes, caóticas y prolíficas del tebeo español. Como experto en el noveno arte, es fundamental entender que esta cabecera no fue simplemente una revista más en los quioscos; fue la consolidación de una fórmula magistral que la Editorial Bruguera perfeccionó durante la década de los 70 para dominar el mercado del entretenimiento gráfico en España.

La revista *Super Tío Vivo* nació en 1972, siguiendo la estela del éxito de otras publicaciones "Super" de la casa (como *Super Mortadelo* o *Super Zipi y Zape*). Su origen, sin embargo, está teñido de una historia de rebelión y reconciliación editorial. La cabecera original, *Tío Vivo*, fue creada en 1957 por un grupo de dibujantes disidentes de Bruguera (Escobar, Conti, Giner, Peñarroya y Vázquez) que buscaban mayor libertad creativa y derechos sobre sus obras. Años después, tras el regreso de estos autores al redil de la editorial barcelonesa, la marca fue absorbida y relanzada. La versión "Super" representó la mayoría de edad de este concepto: tomos con más páginas, lomos cuadrados y una densidad de contenido que garantizaba horas de lectura.

En sus páginas, el lector no encontraba una sola historia lineal, sino un ecosistema de humor costumbrista, sátira social y *slapstick* (comedia física) que retrataba, de forma exagerada pero reconocible, la realidad de la España de la época. El eje central de *Super Tío Vivo* era la variedad. A diferencia de otras revistas centradas en un solo personaje estrella, esta publicación funcionaba como una antología de los mejores talentos de la "Escuela Bruguera".

Uno de los pilares indiscutibles de la revista fue la presencia de Ibáñez, quien aportaba series icónicas como *Pepe Gotera y Otilio*, los chapuceros a domicilio cuya incompetencia elevaba el desastre a la categoría de arte. También era habitual encontrar las disparatadas comunidades de vecinos de *13, Rue del Percebe*, una obra maestra del diseño narrativo donde cada viñeta era un mundo independiente pero conectado por la estructura del edificio.

Pero *Super Tío Vivo* no era solo Ibáñez. La revista permitía brillar a maestros como Vázquez, el genio de la picaresca, con personajes como *La Familia Cebolleta* o el inefable *Anacleto, Agente Secreto*. También encontrábamos el humor rural y tierno de Agamenón, creado por Nené Estivill, o las desventuras de *Pascual, criado real* de Schmidt. Esta amalgama de estilos creaba un ritmo de lectura frenético: de la ciudad al campo, de la oficina al castillo medieval, todo bajo un prisma de ironía y una capacidad única para reírse de las miserias cotidianas.

El formato "Super" permitía además la inclusión de historietas de mayor longitud, a menudo importadas del mercado franco-belga o recuperaciones de clásicos, lo que daba un respiro entre las cápsulas de humor de una sola página. Visualmente, la revista era un festín de dinamismo. El dibujo de la Escuela Bruguera se caracterizaba por líneas cinéticas, onomatopeyas explosivas y un detallismo en los fondos que recompensaba las relecturas. Los personajes no caminaban, corrían; no se caían, explotaban.

Para el coleccionista y el estudioso, *Super Tío Vivo* es una cápsula del tiempo. A través de sus chistes sobre la carestía de la vida, la burocracia asfixiante y las aspiraciones de la clase media, se puede trazar una radiografía sociológica de la España de la Transición. Sin embargo, su mayor logro fue la universalidad de su humor. La frustración del jefe, la picaresca del empleado y el caos doméstico son temas que, décadas después, siguen funcionando con la precisión de un reloj

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