Hablar de "Super Humor Clásicos" es, esencialmente, abrir una ventana al ADN de la cultura popular española del siglo XX. No estamos ante un simple cómic, sino ante una cuidada labor de arqueología editorial que recopila las páginas más brillantes de la mítica "Escuela Bruguera". Esta colección representa el estándar de oro para cualquier coleccionista o neófito que desee comprender por qué la historieta en España no se entiende sin nombres como Ibáñez, Escobar, Vázquez o Peñarroya.
La esencia de "Super Humor Clásicos" reside en su formato antológico de lujo. Cada volumen es un objeto de deseo: tapa dura, gran formato y una impresión que respeta el color y el trazo original de unas viñetas que, en su momento, fueron consumidas de forma masiva en revistas semanales de papel humilde. Al reunir estas historietas, la colección eleva el "tebeo" a la categoría de arte, permitiendo una lectura continuada que revela la evolución estilística de sus creadores.
El contenido es un desfile incesante de arquetipos que forman parte del imaginario colectivo. En estas páginas encontramos la génesis y el apogeo de personajes inmortales. Por un lado, tenemos el slapstick frenético de Mortadelo y Filemón, donde Francisco Ibáñez perfeccionó el arte del gag visual y la transformación constante. Por otro, la ternura pícara y la crítica social velada de Zipi y Zape, obra del maestro Escobar, cuyos gemelos no solo buscaban el eterno "vale por una bicicleta", sino que retrataban las dinámicas familiares de una España en transformación.
Pero "Super Humor Clásicos" va más allá de los sospechosos habituales. Su verdadero valor reside en rescatar joyas que definieron el "costumbrismo humorístico". Es aquí donde brilla la genialidad anárquica de Manuel Vázquez con personajes como Las Hermanas Gilda o Anacleto, Agente Secreto, aportando un humor más agudo, surrealista y, a menudo, basado en la propia vida bohemia del autor. También recupera el hambre eterna de Carpanta, una metáfora magistral de la posguerra, y la vida coral de 13, Rue del Percebe, ese edificio que funciona como un microcosmos de la sociedad española, donde cada planta es un mundo de picaresca y situaciones delirantes.
Desde un punto de vista técnico y narrativo, la colección permite apreciar la maestría del dibujo dinámico. Los autores de Bruguera eran artesanos del ritmo; sabían cómo guiar la mirada del lector a través de viñetas abarrotadas de detalles (los famosos "ratoncitos" y objetos secundarios de Ibáñez) sin perder jamás la fluidez. El lenguaje utilizado en estos clásicos es otro de sus grandes atractivos: una mezcla exquisita de términos hoy en desuso, onomatopeyas inventadas y una retórica exagerada que dota a las situaciones de una comicidad única.
La sinopsis de esta colección no puede obviar su componente emocional. Leer "Super Humor Clásicos" es realizar un viaje en el tiempo. Para los lectores veteranos, es un reencuentro con la infancia; para los nuevos, es el descubrimiento de un humor universal que, a pesar de estar anclado en contextos históricos específicos, sigue funcionando gracias a su base de comedia física y su aguda observación de las flaquezas humanas.
En resumen, "Super Humor Clásicos" es el compendio definitivo del ingenio gráfico español. Es una obra que celebra la resiliencia de unos autores que, bajo condiciones de trabajo a menudo agotadoras, lograron crear un universo de risas que ha sobrevivido a cambios políticos, sociales y tecnológicos. Es, sin duda, la piedra angular de cualquier biblioteca de cómics que se precie, una invitación a reírse de nuestras propias desgracias a través del espejo deformante y brillante de la viñeta clásica. Cada página es un recordatorio de que, aunque el mundo cambie, un buen mamporro a tiempo o un disfraz disparatado siempre serán capaces de arrancarnos una sonrisa.