En el vibrante panorama del cómic español de los años 80, una publicación logró destacar no solo por su colorido, sino por ser el puente definitivo entre los lectores nacionales y la excelencia del noveno arte europeo: Super Fuera Borda. Editada por Sarpe, esta cabecera se convirtió en un objeto de culto para aquellos que buscaban algo más allá del estilo imperante de la Escuela Bruguera, ofreciendo una cuidada selección de lo que hoy conocemos como la «bande dessinée» (BD) franco-belga.
Super Fuera Borda no era simplemente una revista de historietas; era una antología de lujo que recopilaba las aventuras de los personajes más icónicos de las editoriales Dupuis y Lombard. Mientras que la edición semanal de *Fuera Borda* ofrecía entregas fragmentadas, la versión «Super» permitía sumergirse de lleno en álbumes completos o en extensas recopilaciones que daban un respiro al lector, permitiéndole apreciar la narrativa visual y el desarrollo de personajes con una profundidad inusual para la época.
La sinopsis de esta publicación podría definirse como un viaje transcontinental a través de la imaginación. Al abrir sus páginas, el lector se encontraba con un crisol de géneros que abarcaban desde el humor más disparatado hasta la aventura épica y la ciencia ficción ligera. El denominador común era una calidad gráfica excepcional, caracterizada por la «línea clara» y el dinamismo de la «escuela de Marcinelle», estilos que definieron la estética del cómic europeo del siglo XX.
Entre sus páginas, los lectores podían seguir las andanzas de Lucky Luke, el vaquero más rápido que su propia sombra, cuya mezcla de sátira histórica y slapstick refinado seguía siendo el estándar de oro del humor en el Oeste. Pero no todo era polvo y espuelas; la fantasía medieval cobraba vida con Johan y Pirluit, las creaciones de Peyo que, además de sus propias aventuras caballerescas, sirvieron de cuna para el nacimiento de Los Pitufos, quienes también tenían un lugar privilegiado en esta cabecera.
La revista también servía de escaparate para héroes más contemporáneos y sofisticados. Personajes como Natacha, la azafata aventurera de François Walthéry, aportaban una modernidad y un dinamismo visual que rompía con los moldes tradicionales del cómic infantil. Asimismo, el ingenio de Benito Sansón, el niño con fuerza sobrehumana que perdía sus poderes al resfriarse, o las travesuras domésticas de Bill y Bolita, ofrecían una visión del mundo llena de ternura y humor blanco, ideal para todas las edades pero con guiones lo suficientemente inteligentes como para cautivar a los adultos.
Lo que hacía a Super Fuera Borda una pieza indispensable para cualquier experto o aficionado era su capacidad para educar el gusto estético. A través de sus páginas, el público español descubrió la maestría de autores como Morris, Franquin, Roba o Peyo. La revista presentaba historias donde el ritmo narrativo estaba perfectamente calculado: cada viñeta cumplía una función, cada diálogo aportaba al carácter del héroe y el uso del color no era meramente decorativo, sino una herramienta narrativa fundamental.
La atmósfera de la publicación era de un optimismo contagioso. A diferencia de otras revistas de la época que apostaban por un humor más cínico o social, Super Fuera Borda mantenía un espíritu de aventura clásica. Sus historias invitaban a explorar castillos encantados, selvas inexploradas (con el siempre fascinante Marsupilami) y ciudades europeas llenas de misterio. Era una invitación constante a la curiosidad y al asombro.
En resumen, Super Fuera Borda es el testimonio de una era dorada donde el cómic europeo conquistó los quioscos españoles. Su lectura hoy en día no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una lección de narrativa gráfica. Es la puerta de entrada a un universo donde el ingenio prevalece sobre la fuerza y donde la aventura siempre espera a la vuelta de la siguiente viñeta. Para el coleccionista, representa la excelencia editorial de Sarpe; para el lector casual, es una colección de historias inmortales que demuestran por qué estos personajes han sobrevivido al paso de las décadas sin perder ni un ápice de su frescura original.