Showman Killer es una obra fundamental dentro de la vertiente más desatada y visualmente exuberante de la ciencia ficción europea contemporánea. Escrita por el prolífico y polifacético Alejandro Jodorowsky e ilustrada por el virtuoso Nicolas Fructus, esta trilogía (compuesta por los álbumes *Un corazón de oro*, *La mujer de oro* y *Veta de oro*) se aleja de los convencionalismos del género para ofrecer una fábula espacial cargada de cinismo, filosofía y una estética grotesca pero fascinante.
La premisa nos sitúa en un universo lejano y decadente, gobernado por fuerzas tiránicas y sumido en una amoralidad absoluta. En este contexto, un científico loco conocido como «El Omnipotente» decide crear al asesino definitivo a través de la manipulación genética y la alquimia tecnológica. El resultado es el Showman Killer, un ser diseñado para carecer de cualquier rastro de emoción humana, empatía o remordimiento. Su única motivación, implantada en su propia estructura psíquica, es el amor obsesivo por el oro. Para este protagonista, el asesinato no es una cuestión de ética o política, sino una transacción comercial ejecutada con una teatralidad macabra.
El personaje del Showman Killer es una de las creaciones más interesantes de Jodorowsky. A diferencia de otros antihéroes que esconden un corazón noble, el Showman comienza la historia como un vacío absoluto, una máquina de matar que utiliza el espectáculo y el disfraz para cumplir sus contratos. Su nombre no es casual: cada ejecución es una puesta en escena, una representación donde la muerte es el acto final. Sin embargo, la trama se dispara cuando este equilibrio de frialdad se ve alterado por un encuentro inesperado.
La narrativa se complica cuando el Showman Killer se ve envuelto en una conspiración de escala galáctica que involucra al heredero del trono imperial. Al verse obligado a proteger a un bebé que representa la pureza en un universo corrupto, el protagonista comienza a experimentar grietas en su programación original. Este es el núcleo emocional de la obra: la exploración de si un ser creado para la destrucción puede, de alguna manera, desarrollar una chispa de humanidad o si está condenado a ser un esclavo de su codicia biológica.
El apartado visual de Nicolas Fructus es, sin lugar a dudas, el pilar que sostiene la magnitud de la obra. Fructus no se limita a ilustrar el guion de Jodorowsky, sino que expande el universo con un diseño de producción abrumador. Su estilo combina una minuciosidad casi obsesiva en los detalles con una paleta de colores vibrante y orgánica. Los escenarios —desde palacios decadentes hasta mundos biotecnológicos— tienen una textura táctil, casi viscosa, que refuerza la sensación de un futuro donde la carne y la máquina se han fusionado de formas perturbadoras. La capacidad de Fructus para crear criaturas alienígenas y naves espaciales que parecen organismos vivos es lo que otorga a *Showman Killer* su identidad visual única.
A diferencia de otras obras de Jodorowsky como *El Incal* o *La Casta de los Metabarones*, donde la metafísica y el misticismo suelen dominar el relato, *Showman Killer* mantiene un ritmo más cercano al *pulp* y a la aventura espacial, aunque sin renunciar a las obsesiones habituales del autor: la figura del padre, la búsqueda de la identidad y la crítica a las estructuras de poder. Es una obra más directa, pero no por ello menos profunda en su crítica a la deshumanización.
En resumen, *Showman Killer* es una odisea espacial que destaca por su crudeza y su desbordante imaginación. Es un cómic que desafía al lector con un protagonista inicialmente repulsivo, pero cuya evolución se convierte en el motor de una historia sobre la redención en un cosmos que parece haber olvidado el significado de la palabra. Para los seguidores del cómic europeo, representa una colaboración magistral donde el guion provocador de Jodorowsky encuentra en el arte de Fructus el vehículo perfecto para plasmar una visión del futuro tan hermosa como aterradora.