Sammy

Cuando hablamos de las grandes instituciones del cómic franco-belga, es imposible no detenerse en una de las series más longevas, dinámicas y divertidas que han adornado las páginas de la mítica revista *Spirou*: 'Sammy'. Creada en 1970 por el prolífico guionista Raoul Cauvin y el dibujante Berck (Arthur Berckmans), esta obra se desmarca de los cánones del cómic de aventuras tradicional para sumergirnos en una parodia vibrante, frenética y magistralmente orquestada sobre el cine de gánsteres y la crónica negra de los Estados Unidos.

La acción nos traslada al Chicago de los años 20 y 30, en plena era de la Prohibición. Es un mundo de sombreros de ala ancha, gabardinas largas, ametralladoras Thompson ocultas en estuches de violín y, por supuesto, una cantidad ingente de alcohol ilegal fluyendo por los callejones. En este escenario de ley seca y criminalidad organizada, conocemos a nuestros protagonistas: Jack Attaway y Sammy Day.

Jack Attaway es el carismático y, a menudo, irascible director de una agencia de "gorilas" (guardaespaldas a sueldo). Es un hombre de acción, impulsivo, algo tacaño y siempre en busca del contrato que lo saque de la miseria, aunque eso signifique meterse en la boca del lobo. Por otro lado, Sammy Day, quien da nombre a la serie, es su fiel empleado, el cerebro pragmático y la voz de la razón que, invariablemente, termina sacando las castañas del fuego a su jefe. Aunque Sammy es técnicamente el subordinado, su pericia y sangre fría lo convierten en el verdadero pilar de la agencia.

Lo que hace que 'Sammy' sea una lectura excepcional es su tono. A pesar de estar ambientada en un periodo histórico marcado por la violencia y la corrupción, la serie es, ante todo, una comedia de enredo y bofetadas (*slapstick*). Cauvin utiliza el entorno de la mafia no para hacer una crítica social profunda, sino como un patio de recreo donde la exageración es la norma. Los tiroteos son constantes, pero las balas rara vez tienen consecuencias fatales permanentes; en su lugar, generan situaciones absurdas, persecuciones imposibles y diálogos punzantes que mantienen un ritmo cinematográfico envidiable.

El abanico de clientes que contrata a la agencia de Jack y Sammy es uno de los puntos fuertes de la narrativa. No se limitan a proteger a mafiosos de medio pelo; a lo largo de sus más de cuarenta álbumes, los protagonistas se ven envueltos en misiones que van desde escoltar a ancianas aparentemente inofensivas que resultan ser letales, hasta lidiar con científicos locos, estrellas de Hollywood caprichosas o incluso versiones caricaturizadas de figuras históricas como el mismísimo Al Capone (aquí retratado como un personaje recurrente, a menudo frustrado por la incompetencia de sus propios secuaces).

Visualmente, la serie es un prodigio de la escuela de Marcinelle. El estilo de Berck es elástico, detallado y lleno de energía. Sus personajes poseen una expresividad asombrosa, capaz de transmitir el pánico o la furia en un solo trazo. Tras la jubilación de Berck, el dibujante Jean-Pol tomó el relevo manteniendo la esencia visual, asegurando que la transición fuera casi imperceptible para los lectores habituales. Los fondos están cuidadosamente documentados, recreando la arquitectura y los vehículos de la época con una fidelidad que contrasta deliciosamente con el diseño caricaturesco de los personajes.

'Sammy' no es solo un cómic de gánsteres; es una celebración del género "buddy movie" antes de que este se popularizara en el cine moderno. La química entre Jack y Sammy, su relación de amor-odio y su lealtad inquebrantable frente a las situaciones más disparatadas, constituyen el corazón de la obra. Es una serie que invita a la nostalgia, pero que sorprende por la frescura de sus gags y la inteligencia de sus guiones.

En resumen, 'Sammy' es una lectura imprescindible para cualquier amante del noveno arte que busque una mezcla perfecta de acción, humor y ambientación histórica. Es un viaje a una época peligrosa vista a través del prisma de la sátira, donde el peligro acecha en cada esquina, pero siempre hay lugar para una sonrisa y un plan desesperado que, milagrosamente, acaba funcionando. Una obra maestra del entretenimiento que demuestra por qué el cómic europeo de finales del siglo XX sigue siendo un referente absoluto de calidad

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