Saigon rojo sangre

Saigón rojo sangre no es solo un cómic bélico; es una de las piezas más crudas y sofisticadas de la ucronía contemporánea europea. Publicada originalmente dentro de la prestigiosa serie conceptual francesa *Jour J* (Día D) y traída al mercado español por Ponent Mon, esta obra es el resultado de la colaboración entre el guionista Jean-Pierre Pécau y el dibujante Igor Kordey. Juntos, construyen un relato que se aleja de la épica militar convencional para sumergirse en el fango de la política, el espionaje y la decadencia colonial.

La premisa fundamental de la obra parte de un punto de inflexión histórico: ¿qué habría ocurrido si Francia no hubiera abandonado Indochina tras la derrota de Dien Bien Phu en 1954? En este universo alternativo, nos situamos en 1958. La guerra no ha terminado; simplemente se ha transformado en una herida abierta que supura sangre y opio. Francia, lejos de retirarse, ha mantenido su presencia en el sudeste asiático, convirtiendo a Saigón en una metrópolis asfixiante donde conviven el lujo decadente de la administración colonial y la miseria absoluta de una población asediada por el conflicto permanente.

El protagonista de esta historia es Harel, un antiguo oficial de paracaidistas reconvertido en una suerte de agente de los servicios de inteligencia franceses (el SDECE). Harel es el arquetipo del antihéroe del género *noir*: un hombre cansado, cínico y profundamente conocedor de los mecanismos de poder que mueven los hilos en las sombras. Su misión, que sirve de motor para la trama, lo obliga a navegar por un laberinto de intereses cruzados. No se trata solo de la lucha contra el Viet Minh; la narrativa explora la compleja red de alianzas y traiciones que involucra a las mafias locales (los Binh Xuyen), los intereses comerciales de las grandes corporaciones francesas y la creciente sombra de la CIA, que observa desde la barrera esperando el momento oportuno para intervenir.

El guion de Pécau destaca por su rigor histórico dentro de la ficción. A pesar de ser una ucronía, el autor utiliza elementos reales —personajes históricos, unidades militares y tensiones geopolíticas de la Guerra Fría— para dar una verosimilitud escalofriante al relato. La trama se desarrolla con el ritmo de un *thriller* de espionaje clásico, donde la información es más valiosa que las balas y donde la moralidad es un lujo que nadie en Saigón puede permitirse.

En el apartado visual, Igor Kordey despliega un estilo que es fundamental para la atmósfera de la obra. Su dibujo es denso, nervioso y cargado de detalles que enfatizan la suciedad y la humedad del trópico. Kordey no busca la belleza estética

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