Safari

Safari: El abismo mudo de Jesús Frías

Cuando nos adentramos en las páginas de *Safari*, la obra cumbre de Jesús Frías publicada por la editorial Fulgencio Pimentel, no estamos simplemente abriendo un cómic; estamos cruzando el umbral hacia una dimensión donde las leyes de la lógica, la biología y la narrativa convencional han sido suspendidas. Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las piezas más inquietantes, magnéticas y puras de la vanguardia gráfica contemporánea española.

La premisa, en apariencia sencilla, nos presenta a un grupo de expedicionarios —figuras que remiten a los exploradores coloniales de principios del siglo XX— que se internan en un territorio salvaje e inexplorado. Sin embargo, este no es el África de las crónicas de viajes ni la selva de las novelas de aventuras. El entorno de *Safari* es un ecosistema mutante, un paisaje onírico donde la flora y la fauna parecen haber sido diseñadas por un demiurgo con un sentido del humor retorcido y una fascinación por la metamorfosis constante.

Lo primero que impacta al lector es la elección estética de Frías. El autor utiliza una línea clara, pulcra y extremadamente definida que hereda la tradición del *cartoon* clásico y la escuela francobelga, pero la subvierte para mostrar lo grotesco. Esta disonancia cognitiva es la base del terror y la fascinación que produce la obra: los personajes tienen rostros simplificados, casi icónicos, que mantienen una impasibilidad imperturbable mientras a su alrededor el mundo se deshace en formas orgánicas, fluidas y, a menudo, viscerales.

*Safari* es una narrativa muda, un prodigio de la secuencialidad pura. Al prescindir totalmente de los diálogos y los textos de apoyo, Frías obliga al lector a realizar un ejercicio de observación activa. La historia no se lee, se descifra a través del ritmo de las viñetas y de la evolución de las formas. Esta ausencia de palabras amplifica la sensación de aislamiento y extrañeza; el silencio del cómic se vuelve atronador, sumergiendo al lector en una atmósfera de pesadilla lúcida de la que es imposible apartar la mirada.

El concepto del "safari" que da título a la obra funciona como una metáfora multinivel. Por un lado, está la cacería física: los personajes persiguen presas que desafían la clasificación taxonómica, criaturas que se fusionan entre sí o que brotan de la tierra como excrecencias biológicas. Por otro lado, hay una exploración metafísica. Los expedicionarios no solo buscan trofeos; parecen estar buscando el límite de su propia existencia en un mundo que los ignora o que intenta asimilarlos. La relación entre cazador y presa se desdibuja constantemente, planteando preguntas existenciales sobre la jerarquía de la vida y la futilidad de la conquista humana frente a la naturaleza entrópica.

La estructura del cómic es circular y rítmica, casi hipnótica. Jesús Frías maneja el tiempo narrativo con una maestría inusual, dilatando momentos de tensión contemplativa y acelerando en secuencias de una violencia plástica y surrealista. No hay concesiones al lector que busca una explicación racional; *Safari* opera bajo la lógica del sueño (o de la alucinación), donde una acción lleva a la siguiente no por causalidad física, sino por una suerte de rima visual o simbólica.

En conclusión, *Safari* es una experiencia sensorial transformadora. Es un cómic que se siente vivo, que parece palpitar entre las manos del lector. Es una obra que dialoga con el surrealismo de Dalí, el horror corporal de Cronenberg y la abstracción de Jim Woodring, pero que posee una voz propia, gélida y fascinante. Para cualquier estudioso o amante del cómic que busque expandir los límites de lo que el medio puede contar sin decir una sola palabra, esta obra es una parada obligatoria. Prepárense para una expedición de la que, posiblemente,

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