Dentro del panorama del cómic underground y alternativo español, la figura de Paco Alcázar se erige como un pilar fundamental de la transgresión y el humor negro más refinado. Su obra 'Rosita', recopilada en diversas ediciones que abarcan sus etapas iniciales (frecuentemente referidas por sus entregas o volúmenes 1 y 2 en antologías), representa una de las incursiones más perturbadoras y brillantes en la deconstrucción de la infancia y la cotidianidad urbana. Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *El Víbora*, esta obra no es solo un conjunto de historietas, sino un manifiesto estético sobre el absurdo y la crueldad humana.
La premisa de 'Rosita' parece, en la superficie, sencilla: seguimos las vivencias de una niña pequeña en un entorno aparentemente normal. Sin embargo, esta normalidad es solo una fachada delgada que Alcázar desgarra con precisión quirúrgica desde la primera viñeta. Rosita no es la protagonista de un cuento infantil moralizante; es el eje central de un universo donde la lógica ha sido sustituida por el surrealismo más descarnado y donde la inocencia no es una protección, sino un lienzo sobre el cual se proyectan las neurosis de la vida adulta.
El cómic se estructura a través de historias cortas, autoconclusivas en su mayoría, que funcionan como ventanas a un mundo distorsionado. En estas páginas, Rosita interactúa con una galería de personajes secundarios que encarnan lo peor de la condición humana: padres negligentes, vecinos con perversiones ocultas, animales antropomórficos con crisis existenciales y objetos inanimados que cobran una vida inquietante. Lo que define a 'Rosita 1-2' es su capacidad para encontrar el humor en situaciones que, bajo cualquier otra lente, resultarían puramente terroríficas o deprimentes.
Desde el punto de vista visual, el trabajo de Paco Alcázar en estos volúmenes muestra una evolución fascinante hacia lo que se convertiría en su sello personal: la "línea clara" puesta al servicio de lo grotesco. El dibujo es limpio, de trazo firme y composiciones equilibradas, lo que genera un contraste deliberado y potente con el contenido de las tramas. Esta pulcritud visual obliga al lector a observar con detalle las deformidades, las expresiones de vacío existencial y las situaciones bizarras que pueblan el mundo de Rosita. No hay sombras densas que oculten el horror; todo está expuesto bajo una luz blanca y aséptica, lo que aumenta la sensación de extrañeza.
Temáticamente, el cómic explora el nihilismo y la alienación. Rosita suele actuar como una observadora impasible, una niña que acepta las mayores atrocidades o los eventos más fantásticos con una calma que resulta, por momentos, más aterradora que el entorno mismo. Esta pasividad de la protagonista permite que el autor diseccione temas como la soledad, el fracaso familiar, la violencia gratuita y la vacuidad de las convenciones sociales. Alcázar utiliza el formato de la tira cómica o la página dominical para subvertir las expectativas del lector, transformando el gag tradicional en una bofetada de realidad distorsionada.
'Rosita' es también un ejercicio de libertad creativa absoluta. En sus páginas se percibe la herencia del cómic underground estadounidense de autores como Robert Crumb o Daniel Clowes, pero tamizada por una sensibilidad profundamente española, heredera del esperpento de Valle-Inclán y del humor negro de la revista *La Codorniz*. Es una obra que desafía las etiquetas: es demasiado inteligente para ser solo provocación y demasiado salvaje para ser solo sátira social.
Para el lector que se acerque a estos volúmenes, la experiencia es similar a la de observar un accidente a cámara lenta: es imposible apartar la vista a pesar de la incomodidad que genera. 'Rosita 1-2' no busca la empatía del lector, sino su asombro y, en última instancia, su risa nerviosa ante el reconocimiento de lo absurdo. Es una pieza clave para entender la evolución del cómic de autor en España y una muestra del talento de Paco Alcázar para convertir la miseria cotidiana en una forma de