Dentro del vasto y colorido panteón de la historieta española, existe un personaje que ocupa un lugar privilegiado, no solo por su longevidad, sino por ser el ojito derecho de su creador, el legendario Francisco Ibáñez. Hablamos de Rompetechos, una de las figuras más emblemáticas de la mítica Editorial Bruguera y un pilar fundamental del humor gráfico europeo. Publicado por primera vez en 1964 en la revista *Tío Vivo*, este pequeño gran hombre ha logrado lo que pocos: convertir una limitación física en una fuente inagotable de surrealismo, caos y carcajadas.
La premisa de *Rompetechos* es, en apariencia, sencilla, pero su ejecución es una clase maestra de narrativa visual. El protagonista, cuyo nombre real es Eustaquio Morcillo y Cebolleta, es un hombre de baja estatura, con un característico bigotito, tres pelos contados en la cabeza y, sobre todo, una miopía tan severa que raya en lo absoluto. Sin embargo, el verdadero motor de sus historias no es solo su incapacidad para ver con claridad, sino su inquebrantable terquedad. Rompetechos nunca admite que no ve; para él, el mundo exterior es el que está equivocado, los carteles están mal escritos, la gente es maleducada o los objetos han sido colocados con mala fe para entorpecer su camino.
Cada historieta de Rompetechos sigue una estructura que Ibáñez perfeccionó a lo largo de las décadas. Todo comienza con un deseo cotidiano: ir a la peluquería, comprar el periódico, entrar en un restaurante o buscar un empleo. A partir de ahí, la miopía del protagonista transforma la realidad en una pesadilla de malentendidos. Un cartel que anuncia una "Mercería" es leído por Rompetechos como una "Fiera de ría", y un buzón de correos puede ser confundido con un niño pequeño al que regaña por no contestarle. Esta distorsión de la realidad genera situaciones de un humor absurdo y frenético, donde el lenguaje juega un papel crucial a través de juegos de palabras y diálogos cruzados que rozan lo delirante.
El estilo artístico de Ibáñez en esta obra es vibrante y detallista. A diferencia de otras series más dinámicas o de acción como *Mortadelo y Filemón*, en *Rompetechos* el autor se recrea en la composición de la viñeta para que el lector sea cómplice del error. Nosotros vemos lo que hay en realidad (un toro bravo, por ejemplo), mientras vemos a Rompetechos interactuar con ello como si fuera algo inofensivo (un perro faldero). Ese contraste visual es la base del *slapstick* o humor de bofetada que define a la serie. Además, las páginas suelen estar salpicadas de esos detalles secundarios tan propios del autor: ratones haciendo sus propias actividades en las esquinas, arañas con sombreros o carteles absurdos al fondo que enriquecen el universo de la lectura.
A pesar de que Rompetechos suele acabar sus aventuras de forma desastrosa —siendo perseguido por una multitud enfurecida, arrestado por la policía o sufriendo algún percance físico—, el personaje posee una dignidad quijotesca. Hay algo profundamente humano en su negativa a rendirse ante la evidencia de sus ojos. Es un optimista patológico que camina por un mundo hostil con una sonrisa, aunque esa sonrisa sea el preludio del desastre.
Para el lector, *Rompetechos* no es solo un cómic de humor; es un ejercicio de ingenio lingüístico y visual. Es fascinante observar cómo Ibáñez es capaz de estirar una única broma (un hombre que no ve) durante miles de páginas sin que pierda frescura. Esto se debe a la capacidad del autor para reinventar los escenarios y por la personalidad de Eustaquio, que es, posiblemente, el personaje más querido y redondo de toda su bibliografía.
En definitiva, *Rompetechos* es un clásico imprescindible que trasciende generaciones. Es el retrato de una España urbana y costumbrista, pasada por el filtro de la caricatura más extrema. Leer sus aventuras es sumergirse en un torbellino de confusión donde nada es lo que parece, y donde la risa está garantizada por la incapacidad de su protagonista para ver la realidad, pero sobre todo, por su capacidad para transformarla en algo mucho más divertido y caótico de lo que realmente es. Un tesoro de la narrativa gráfica que sigue tan vigente y fresco como el primer día.