Ricardo Manteca y Jorgito Apuros

En el vasto y a menudo perturbador panorama del cómic underground contemporáneo, pocas figuras resultan tan divisivas, magnéticas y profundamente inquietantes como el autor catalán Joan Cornellà. Dentro de su producción, que ha alcanzado una viralidad global gracias a la naturaleza muda y visual de sus viñetas, existe un rincón fundacional y salvaje donde habitan personajes como Ricardo Manteca y Jorgito Apuros. Esta obra no es solo un cómic; es un puñetazo cromático a la mandíbula de la corrección política y una deconstrucción despiadada de los valores tradicionales de la historieta infantil y juvenil española.

Para entender *Ricardo Manteca y Jorgito Apuros*, primero debemos situarnos en su estética. Cornellà utiliza una paleta de colores vibrantes, casi azucarados, que remiten directamente a la publicidad de los años 50 o a los manuales de instrucciones de seguridad de las aerolíneas. Los personajes lucen sonrisas perennes, vacías y clónicas, que parecen grabadas a fuego en sus rostros. Esta elección visual no es gratuita: es el envoltorio perfecto para un contenido que es, por definición, lo opuesto a lo amable.

La premisa, si es que se puede hablar de una estructura narrativa convencional en el caos de Cornellà, nos presenta a un dúo dinámico que subvierte el arquetipo del mentor y el pupilo. Ricardo Manteca es el adulto, la figura de autoridad, mientras que Jorgito Apuros es el niño, el aprendiz que, como su nombre indica, suele encontrarse en situaciones de vulnerabilidad o conflicto. En cualquier otro cómic, Ricardo guiaría a Jorgito a través de lecciones morales o aventuras formativas. Aquí, sin embargo, la lógica se retuerce hasta romperse.

Las historias de Ricardo y Jorgito suelen comenzar con un problema cotidiano o una situación social mundana. Lo que sigue es una escalada de surrealismo y violencia gratuita que desafía cualquier intento de racionalización. En el universo de Cornellà, la solución a un pequeño contratiempo —como una mancha en la ropa o una caída accidental— suele implicar mutilaciones, intercambios de fluidos, canibalismo o actos de una crueldad tan extrema que bordean lo cómico por pura saturación. Lo fascinante es que, a pesar del horror que ocurre en la viñeta, los personajes mantienen su sonrisa imperturbable, sugiriendo una desconexión total entre la realidad física y la percepción emocional.

El cómic bebe directamente de la tradición de la Escuela Bruguera (la mítica editorial española de *Mortadelo y Filemón* o *Zipi y Zape*), pero pasada por un filtro de nihilismo absoluto. Si en los cómics clásicos el golpe era un recurso humorístico blanco, en *Ricardo Manteca y Jorgito Apuros* el golpe es una amputación y el humor es una herida abierta. Cornellà utiliza a estos personajes para satirizar la hipocresía de la sociedad moderna, la falta de empatía y la obsesión por mantener una fachada de felicidad y éxito en un mundo que se desmorona.

No hay diálogos, o si los hay, son mínimos y absurdos. La narrativa se apoya en una secuencialidad impecable donde el "gag" final nunca es lo que el lector espera. Es un ejercicio de "non-sequitur" llevado al extremo. Leer a Ricardo y Jorgito es enfrentarse a un espejo deformante: nos reímos de lo que no deberíamos, y esa risa nos deja un regusto amargo, una incomodidad que es, precisamente, el objetivo del autor.

En conclusión, *Ricardo Manteca y Jorgito Apuros* es una obra esencial para comprender el giro que dio el cómic de autor en la última década. Es una sinfonía de lo grotesco que utiliza la nostalgia estética para apuñalar al lector por la espalda. No es apto para estómagos sensibles ni para quienes busquen una moraleja reconfortante. Es, en cambio, una invitación a explorar los límites del humor negro y a descubrir que, a veces, la sonrisa más brillante es la que oculta el vacío más profundo. Una pieza de culto que consagró a Joan Cornellà como el maestro indiscutible de la atrocidad colorida.

Deja un comentario