Hablar de Pulgarcito, la creación del genial Jan (Juan López Fernández) para la mítica Editorial Bruguera a principios de los años 80, es sumergirse en una de las etapas más brillantes y, a veces, injustamente olvidadas del cómic español. En el Episodio 6, titulado originalmente "El elixir de la vida", nos encontramos ante una pieza fundamental que define la esencia de lo que Jan quiso proyectar: una mezcla perfecta entre la aventura clásica, el sentido de la maravilla y un dibujo que ya rozaba la maestría que más tarde veríamos en *Superlópez*.
Esta sexta entrega no es una simple historieta infantil; es un ejercicio de narrativa visual que transporta al lector a un escenario donde la frontera entre la realidad cotidiana y la fantasía más pura se desvanece. La premisa nos sitúa, como es habitual, junto a nuestro joven héroe de flequillo rubio y su inseparable compañero canino, Medianoche. En esta ocasión, la trama se aleja de los entornos urbanos o los cuentos de hadas tradicionales para adentrarse en los dominios de la alquimia, el misterio y la búsqueda de lo imposible.
La sinopsis nos plantea un conflicto fascinante: Pulgarcito y Medianoche se ven envueltos en una búsqueda contrarreloj. El motor de la historia es el legendario "Elixir de la Vida", una sustancia que, según los antiguos tratados, tiene el poder de otorgar la inmortalidad o curar cualquier mal. Sin embargo, Jan, con su habitual perspicacia, no nos presenta esta búsqueda como un camino de rosas heroico, sino como una odisea llena de personajes estrafalarios, científicos con motivaciones dudosas y una atmósfera que oscila entre lo gótico y lo humorístico.
A lo largo de las páginas de este episodio, el lector acompaña a los protagonistas a través de laboratorios polvorientos, sótanos repletos de matraces burbujeantes y bibliotecas que parecen no tener fin. El guion brilla por su capacidad para mantener el suspense sin perder ese tono amable y didáctico que caracterizaba a la revista. Pulgarcito no es un guerrero; es un observador, un niño cuya curiosidad es su mejor arma, y en el Episodio 6, esa curiosidad lo lleva a cuestionar la ambición humana y el deseo de burlar el paso del tiempo.
Visualmente, el Episodio 6 es un festín. Es en este punto de la serie donde Jan consolida su estilo detallista. Los fondos dejan de ser meros decorados para convertirse en personajes propios. Cada estantería dibujada por el autor contiene detalles que recompensan la mirada atenta: pequeños ratones, inscripciones en lomos de libros, o la textura del cristal de las probetas. La expresividad de Medianoche, que actúa como el contrapunto cómico y a veces racional a la audacia de Pulgarcito, alcanza aquí cotas de genialidad gestual.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia (spoilers), cabe destacar que la resolución de este episodio ofrece una lección moral muy propia de la época, pero ejecutada con una elegancia que evita el sermón. La historia nos habla de la aceptación, de la belleza de lo efímero y de cómo, a menudo, lo que buscamos con tanto ahínco en el exterior —como un elixir mágico— reside en realidad en las pequeñas experiencias del día a día.
Para el coleccionista y el amante del noveno arte, el Episodio 6 de Pulgarcito representa el equilibrio ideal entre el formato de "bolsillo" (el famoso tamaño pequeño de la revista) y una ambición artística desmedida. Es una lectura esencial para entender cómo el cómic español de los 80 fue capaz de dignificar el género de aventuras para todas las edades, dotándolo de una profundidad temática que aún hoy, décadas después, sigue resultando fresca, relevante y, por encima de todo, profundamente mágica. Pulgarcito y el elixir de la vida es, en definitiva, un viaje hacia la madurez del personaje y la consolidación de un autor que ya era un gigante.