Predator: Hell Come A-Walkin' es una de las incursiones más atmosféricas y narrativamente arriesgadas dentro del extenso catálogo que Dark Horse Comics dedicó al cazador extraterrestre durante la década de los 90. Publicada originalmente en 1998 como una miniserie de dos números, esta obra destaca por alejar a la criatura de los entornos urbanos o selváticos contemporáneos para situarla en un contexto histórico de una brutalidad humana ya de por sí extrema: la Guerra de Secesión estadounidense.
La historia, escrita por la novelista de terror Nancy A. Collins y magistralmente ilustrada por Dean Ormston, nos traslada a las montañas Ozark en 1863. El escenario es desolador y claustrofóbico. En medio de un conflicto que ha dividido a la nación, un pequeño grupo de soldados de la Unión y otro de la Confederación se encuentran atrapados en un territorio hostil donde las líneas del frente son difusas y la supervivencia es la única prioridad. Sin embargo, el horror de la guerra fratricida pronto se ve eclipsado por una amenaza que no entiende de ideologías políticas ni de uniformes.
El núcleo de la trama se activa cuando ambos bandos comienzan a encontrar los cadáveres de sus compañeros en condiciones que desafían cualquier explicación lógica o militar. Los cuerpos aparecen desollados y mutilados, colgados de los árboles como trofeos macabros. Para los soldados de la época, hombres marcados por la superstición, la religión y el trauma del combate, la presencia invisible que los acecha no es un alienígena con tecnología avanzada, sino una manifestación literal del mal: un demonio o un espíritu maligno surgido del mismo infierno para castigarlos por sus pecados.
El guion de Collins brilla al manejar la tensión psicológica. La narrativa obliga a enemigos jurados —hombres que hace apenas unas horas intentaban aniquilarse mutuamente— a forjar una tregua precaria y cargada de desconfianza. Este "pacto con el diablo" entre los soldados del Norte y del Sur es el motor emocional de la obra. La autora explora la ironía de cómo la aparición de un depredador absoluto e inhumano es lo único capaz de recordarles su humanidad compartida, aunque sea a través del miedo más primario.
Visualmente, Predator: Hell Come A-Walkin' se distancia de la estética limpia o hiperdetallada de otros cómics de la franquicia. El arte de Dean Ormston es fundamental para el tono de la historia. Con un estilo expresionista, oscuro y por momentos grotesco, Ormston utiliza sombras densas y líneas angulares que refuerzan la sensación de pesadilla. Su interpretación del Predator es imponente; la criatura se funde con el entorno boscoso y sombrío, apareciendo como una figura espectral que encaja perfectamente en el folclore de terror gótico americano que la historia evoca.
A diferencia de otras entregas donde el enfoque recae en la acción frenética o el despliegue tecnológico del cazador, este cómic se centra en el suspense y en la atmósfera de "horror histórico". El Predator aquí es una fuerza de la naturaleza, un castigador silencioso que aprovecha el caos de la guerra para realizar su propia cosecha. La tecnología del Yautja se presenta de forma sutil, casi mística a ojos de los protagonistas, lo que mantiene la sensación de asombro y terror durante todo el relato.
En definitiva, Predator: Hell Come A-Walkin' es una pieza de culto que demuestra la versatilidad del personaje. No solo es un cómic de ciencia ficción y acción, sino un relato de supervivencia que utiliza el género del *Western* oscuro para profundizar en la naturaleza del conflicto humano. Es una lectura esencial para quienes buscan una historia autoconclusiva, con una identidad visual única y un respeto absoluto por la mitología de la criatura, trasladándola a un periodo histórico donde el hombre era, hasta ese momento, el depredador más peligroso sobre la tierra.