Hablar de Popeye es invocar a uno de los pilares fundamentales de la narrativa gráfica mundial. Sin embargo, para entender la importancia de la colección que abarca los números 01 al 14 de la etapa publicada por IDW —que recupera el legendario trabajo de Bud Sagendorf—, debemos alejarnos por un momento de la imagen simplificada de los dibujos animados de la televisión y sumergirnos en el corazón del cómic de aventuras más puro y surrealista.
Esta serie de números no es solo una reimpresión; es un acto de justicia histórica. Bud Sagendorf no fue un autor cualquiera; fue el asistente personal y el heredero espiritual de E.C. Segar, el creador original. En estas páginas, Sagendorf demuestra por qué es considerado el guardián de la esencia del "marino de un solo ojo". A diferencia de las versiones animadas más infantiles, este compendio nos devuelve al Popeye de las tiras cómicas: un hombre de clase trabajadora, con un código ético inquebrantable, una gramática imposible y una fuerza que desafía las leyes de la física, pero que siempre está al servicio de la justicia y de su complicada vida social.
La sinopsis de estos primeros catorce números nos plantea un viaje fascinante a través de la cotidianidad de Sweethaven y los confines más extraños del océano. La estructura de estas historias combina el humor de situación (*slapstick*) con la aventura épica. En este arco, nos encontramos con un Popeye que debe lidiar no solo con la fuerza bruta, sino con situaciones que rozan lo fantástico y lo absurdo.
El reparto de personajes brilla con una tridimensionalidad que a menudo se olvida. Olivia Olivo (Olive Oyl) no es aquí una simple damisela en apuros; es una mujer de carácter volátil, cuyas decisiones suelen ser el motor de los conflictos y cuyas excentricidades mantienen a Popeye en un estado constante de alerta emocional. Por otro lado, tenemos a Pilón (Wimpy), quien en estos números se confirma como uno de los personajes más brillantes de la historia del cómic. Su obsesión por las hamburguesas no es solo un chiste recurrente, sino una manifestación de su intelecto superior utilizado para la manipulación social y la supervivencia picaresca.
El antagonismo en estos números es variado y rico. Si bien la presencia de Brutus (o Bluto) es una constante como la contraparte física de Popeye, la verdadera magia reside en las amenazas sobrenaturales y los villanos más pintorescos. La Bruja del Mar (Sea Hag), la última de las brujas de la tierra, aparece con una majestuosidad aterradora, recordándonos que el mundo de Popeye está impregnado de mitología y peligros antiguos. Junto a ella, criaturas como el Jeep (ese animal mágico de otra dimensión capaz de predecir el futuro y teletransportarse) añaden una capa de surrealismo que hace que cada número sea impredecible.
Visualmente, el trabajo de Sagendorf en estos 14 números es una lección de narrativa visual. Su dibujo es limpio, pero está lleno de detalles que dan vida a los puertos, los barcos destartalados y las islas misteriosas. La expresividad de los personajes es máxima; un simple movimiento de la pipa de Popeye o un estiramiento de las largas piernas de Olivia comunican más que párrafos enteros de diálogo. El autor logra mantener el estilo "fideo" de los brazos y piernas, esa elasticidad característica, mientras construye mundos que se sienten sólidos y tangibles.
Lo que hace que esta colección sea indispensable para cualquier experto o aficionado es la atmósfera de "aventura de barrio". A pesar de enfrentarse a gigantes, hechizos o expediciones al desierto, los problemas de Popeye suelen ser muy humanos: el orgullo, la lealtad a sus amigos, el cuidado del pequeño Cocoliso (Swee'Pea) y la búsqueda de una vida tranquila que nunca llega.
En conclusión, los números 01-14 de Popeye representan una era dorada donde el cómic no temía ser extraño, divertido y heroico al mismo tiempo. Es una lectura que funciona a dos niveles: como una comedia física hilarante para los más jóvenes y como una obra de arte surrealista y satírica para el lector adulto. Al adentrarse en estas páginas, uno no solo lee un cómic, sino que se embarca en un navío capitaneado por el marino más carismático de la historia, navegando por aguas donde la lógica se dobla pero la integridad nunca se rompe. Es, en definitiva, la celebración de un héroe que no necesita capas ni superpoderes complejos, solo un par de latas de espinacas y un corazón de oro.