Popeye: El marinero que definió la resiliencia y el surrealismo en las viñetas
Para entender el impacto de Popeye en la cultura popular, es necesario alejarse un momento de los cortometrajes animados de la era dorada de Hollywood y sumergirse en las páginas de las tiras de prensa originales. Creado por Elzie Crisler Segar en 1929, Popeye no nació como el protagonista de su propia serie, sino como un personaje secundario en la tira *Thimble Theatre*. Sin embargo, su carisma fue tan arrollador que en poco tiempo transformó una comedia de enredos familiares en una de las epopeyas de aventuras más ricas, extrañas y divertidas de la historia del noveno arte.
La premisa de *Popeye* nos introduce a un marinero de aspecto rudo, con antebrazos desproporcionados, un ojo permanentemente cerrado y una pipa de maíz que parece ser una extensión de su propio cuerpo. A diferencia de los héroes convencionales de su época, Popeye no es un aristócrata ni un aventurero refinado; es un hombre de clase trabajadora, con un lenguaje gramaticalmente caótico pero con un código moral inquebrantable. Su filosofía se resume en su frase más icónica: «Soy lo que soy, y eso es todo lo que soy».
El universo que rodea a este marinero es un desfile de personajes inolvidables que dotan a la obra de una profundidad sorprendente. En el centro de su mundo está Olivia Olivo (Olive Oyl), una mujer alta, delgada y de personalidad volátil que rompe con el estereotipo de la damisela en apuros para convertirse en un motor narrativo lleno de matices. También encontramos a Bluto (o Bruto), la fuerza bruta y el eterno rival de Popeye, cuya enemistad trasciende la simple competencia por el afecto de Olivia para convertirse en un choque de voluntades físicas.
Sin embargo, el genio de Segar brilla especialmente en los personajes secundarios. J. Wellington Wimpy (conocido en español como Pilón) es quizás uno de los mejores personajes cómicos jamás creados: un intelectual estafador, amante de las hamburguesas y maestro de la manipulación verbal, cuya famosa frase «con gusto le pagaré el martes por una hamburguesa hoy» encapsula la picaresca de la era de la Gran Depresión. A ellos se suman figuras fantásticas como la Bruja del Mar, el extraño animal mágico conocido como el Eugene el Jeep, y el adoptado y tierno Cocoliso (Swee'Pea).
Lo que realmente distingue a *Popeye* de otras tiras de su tiempo es su tono. Aunque el slapstick y las peleas son constantes, la narrativa de Segar coquetea a menudo con el surrealismo y la aventura épica. Popeye no solo se enfrenta a matones en puertos de mala muerte; viaja a islas desiertas habitadas por criaturas imposibles, se enfrenta a maldiciones antiguas y navega por mares que desafían la lógica. En este contexto, las famosas espinacas no son solo un recurso argumental para obtener superfuerza, sino un símbolo de la voluntad humana y la capacidad de superar cualquier adversidad mediante la determinación (y una dieta saludable).
Visualmente, el cómic es una lección de narrativa gráfica. El estilo de Segar, aunque aparentemente sencillo, posee un dinamismo y una expresividad que permiten que la acción fluya con una energía contagiosa. El diseño de los personajes es icónico y funcional, permitiendo que el lector identifique sus personalidades solo con ver su silueta.
Leer *Popeye* hoy en día es redescubrir una obra que es, al mismo tiempo, una crítica social sutil, una comedia de personajes brillante y un viaje fantástico. Es la historia de un hombre que, a pesar de sus limitaciones y su aspecto tosco, posee un corazón de oro y una fuerza que emana de su integridad. Sin necesidad de revelar giros argumentales, basta decir que cada arco narrativo es una invitación a explorar la condición humana a través del humor, el absurdo y la aventura más pura. Popeye no es solo un marinero con músculos grandes; es el eterno defensor del oprimido y un pilar fundamental que ayudó a cimentar las bases del género de superhéroes tal como lo conocemos.