Platillos Volantes: El amanecer de la ciencia ficción española en la Era Atómica
Adentrarse en las páginas de la primera serie de *Platillos Volantes*, publicada originalmente por la mítica Editorial Bruguera a mediados de la década de los 50, es realizar un viaje arqueológico a las raíces de la ciencia ficción en el noveno arte español. En un contexto histórico donde el mundo miraba al cielo con una mezcla de terror y fascinación debido al inicio de la carrera espacial y el auge del fenómeno OVNI, esta colección surgió no solo como un entretenimiento de evasión, sino como un reflejo de las ansiedades y esperanzas de una generación.
La serie, que se inscribe en el formato clásico de "cuadernillo de aventuras" (apaisado y de consumo popular), destaca inmediatamente por su ambición temática. En esta primera etapa, la narrativa nos sitúa en un futuro cercano donde la humanidad ha comenzado a romper las cadenas de la gravedad terrestre. La trama arranca con el avistamiento de misteriosos objetos de tecnología inalcanzable que desafían las leyes de la física conocidas. A diferencia de otras obras contemporáneas que optaban por el belicismo directo, *Platillos Volantes* apuesta inicialmente por el misterio y la exploración, planteando la pregunta fundamental: ¿estamos solos en el cosmos?
El apartado visual es, sin lugar a dudas, el pilar sobre el que se asienta la leyenda de esta obra. Contar con el arte de maestros como Boixcar (Pedro Alférez también dejó su impronta en el género) eleva el tebeo a una categoría superior. Boixcar, conocido por su detallismo obsesivo y su dominio del claroscuro en series bélicas, traslada aquí su pericia técnica al diseño de naves espaciales, ciudades futuristas y paisajes alienígenas. Su estilo, caracterizado por un sombreado denso y una composición de viñeta casi cinematográfica, otorga a la serie una atmósfera de realismo sucio y tangible, muy alejada de la estética colorista y limpia del cómic estadounidense de la época. Cada remache de las naves y cada formación rocosa de planetas lejanos están dibujados con una precisión que buscaba dotar de veracidad científica a la fantasía más desbordante.
El guion nos presenta a un grupo de protagonistas que encarnan los valores de la época: científicos abnegados, pilotos intrépidos y exploradores con una fe inquebrantable en el progreso humano. Sin embargo, la serie evita caer en el maniqueísmo absoluto. A través de sus encuentros con civilizaciones de otros mundos —algunas pacíficas y avanzadas, otras sumidas en conflictos ancestrales—, el cómic funciona como un espejo de la condición humana. Se exploran temas como la diplomacia interplanetaria, el miedo a lo desconocido y la responsabilidad que conlleva el descubrimiento de nuevas fuentes de energía y tecnología.
Lo que hace que esta primera serie de *Platillos Volantes* sea una pieza de colección imprescindible es su capacidad para capturar el "sentido de la maravilla". En sus páginas, el lector de 1955 podía viajar a la Luna, Marte o sistemas solares remotos, enfrentándose a dilemas éticos y peligros inimaginables. La narrativa es ágil, con un ritmo marcado por el suspense que obligaba al lector a esperar con ansia la siguiente entrega semanal.
En conclusión, esta obra no es solo un producto de su tiempo; es el testimonio de una industria editorial española que, a pesar de las limitaciones materiales, era capaz de producir