Hablar de Pinín no es solo hablar de un personaje de cómic; es adentrarse en la médula espinal de la cultura popular asturiana y, por extensión, en un capítulo fundamental de la narrativa gráfica española de la posguerra. Creado por el inmenso talento de Alfonso Iglesias, las tiras de Pinín publicadas en el diario *La Nueva España* trascienden el mero entretenimiento para convertirse en un testimonio antropológico, cargado de humor, ternura y una identidad regional inquebrantable.
La sinopsis de esta obra nos sitúa en el corazón de Asturias, específicamente en Pajares. Allí conocemos a Pinín, un niño menudo, de mejillas sonrosadas y espíritu indomable, que porta con orgullo la montera picona. Pinín no es un héroe al uso; es la personificación de la asturianía: trabajador, ingenioso, profundamente vinculado a su tierra y poseedor de una curiosidad que lo empuja a ver más allá de las montañas que rodean su hogar. Junto a él, el universo de Iglesias se puebla de personajes icónicos que forman un ecosistema familiar inolvidable: su hermana Pinona y su abuelo Telva, quienes representan la sabiduría popular y la continuidad de las tradiciones.
Sin embargo, lo que eleva a *Pinín* de ser una simple tira costumbrista a una obra de vanguardia imaginativa es la introducción de elementos fantásticos integrados en la cotidianeidad rural. El ejemplo más brillante es, sin duda, el Madreñogiro. Este ingenio mecánico, una madreña gigante (calzado tradicional de madera) dotada de hélices, permite a Pinín y sus compañeros abandonar los verdes prados para emprender viajes que los llevan por toda la geografía española e incluso a rincones remotos del planeta y el espacio exterior. El Madreñogiro es el símbolo perfecto de la obra: la tradición (la madreña) puesta al servicio de la modernidad y la aventura (el giro).
Las tiras de *La Nueva España* se caracterizan por un ritmo narrativo ágil, adaptado al formato de prensa de la época, donde cada entrega debía ofrecer una píldora de humor o un avance emocionante en la trama. El estilo de Alfonso Iglesias es limpio, con un trazo expresivo que logra dotar de una personalidad arrolladora incluso a los animales, como la inseparable vaca La Cordera, que acompaña al grupo en sus peripecias con una estoicidad casi humana.
Desde el punto de vista lingüístico, el cómic es un tesoro. Iglesias utiliza un castellano trufado de términos y giros del asturiano (el bable), lo que otorga a los diálogos una autenticidad y una sonoridad únicas. No es un recurso impostado, sino una herramienta que refuerza la cercanía del personaje con su público lector, que veía en las páginas de *La Nueva España* un reflejo dignificado de su propia habla y sus costumbres.
A lo largo de sus numerosas aventuras, Pinín se enfrenta a situaciones que van desde lo puramente cómico hasta lo épico, manteniendo siempre una ética de bondad y solidaridad. A pesar de haber nacido en un contexto histórico complejo (la España de los años 40 y 50), la obra evita el panfleto político para centrarse en valores universales y en la exaltación de la identidad local como forma de entender el mundo.
En conclusión, *PININ – Tiras de la Nueva España* es una obra imprescindible para entender la evolución del tebeo en España. Es la crónica de un niño que, calzando madreñas y volando sobre ellas, enseñó a varias generaciones que no hay frontera lo suficientemente alta si se tiene ingenio y se recuerda siempre de dónde se viene. Una pieza de coleccionista que destila nostalgia, pero que conserva una frescura narrativa capaz de cautivar a cualquier lector contemporáneo interesado en las raíces de la narrativa gráfica hispana. Su lectura es un viaje de ida y vuelta entre la aldea y el infinito.