Para entender la magnitud de Pif (originalmente *Pif le chien*), es necesario situarse en la Francia de la posguerra, un escenario donde la historieta no solo buscaba entretener, sino también reflejar las aspiraciones y el ingenio de la clase trabajadora. Creado en 1948 por el dibujante español exiliado José Cabrero Arnal, Pif nació en las páginas del diario *L'Humanité* y rápidamente se convirtió en un icono cultural que trascendió fronteras, llegando a protagonizar una de las revistas más innovadoras de la historia del medio: *Pif Gadget*.
La premisa de *Pif* es, en apariencia, sencilla, pero encierra una profundidad narrativa que mezcla el humor físico (*slapstick*) con una aguda sátira social. El protagonista es un perro de color marrón y amarillo, de hocico prominente y orejas caídas, que vive en el seno de una familia humana de clase obrera. A través de sus ojos, asistimos a las pequeñas y grandes peripecias de la vida cotidiana, donde la astucia y la bondad suelen ser las herramientas principales para resolver conflictos.
Sin embargo, el cómic no sería lo que es sin su contraparte perfecta: Hercule. Este gato blanco y negro, reconocible por el sempiterno parche en su mejilla, es el "antagonista" y, a la vez, el compañero inseparable de Pif. La relación entre ambos redefine el tropo clásico del gato y el ratón (o, en este caso, el perro y el gato). No se trata de una cacería mortal, sino de una rivalidad eterna basada en el ingenio, las bromas pesadas y una extraña forma de respeto mutuo. Mientras que Pif tiende a ser el personaje más sensato, pragmático y con un fuerte sentido de la justicia, Hercule encarna el caos, la picaresca y el individualismo, aunque a menudo sus planes terminan volviéndose en su contra.
El entorno humano de Pif está compuesto por la familia conformada por Tonton (César) y Tata (Agathe), junto al joven Doudou. Estos personajes no son simples figurantes; representan el mundo de los adultos, con sus preocupaciones laborales, sus manías y sus limitaciones, sirviendo como el ancla de realidad sobre la cual Pif y Hercule despliegan sus aventuras. El genio de Arnal, y de los autores que le sucedieron (como el gran Roger Mas), radicaba en su capacidad para convertir un simple paseo por el parque o una reparación doméstica en una odisea de gags visuales perfectamente coreografiados.
A medida que el cómic evolucionó, especialmente con el lanzamiento de la revista *Pif Gadget* en 1969, las historias se volvieron más dinámicas. Pif dejó de ser solo un perro doméstico para convertirse en un aventurero capaz de viajar a mundos fantásticos o enfrentarse a situaciones surrealistas, pero siempre manteniendo su esencia: un optimismo inquebrantable y una capacidad asombrosa para salir airoso de los aprietos más inverosímiles.
Visualmente, *Pif* es una lección de narrativa gráfica. El estilo de Arnal, influenciado por la escuela de animación clásica pero con un toque europeo distintivo, destaca por su expresividad. Los personajes son increíblemente elásticos, capaces de transmitir una emoción compleja con apenas un movimiento de cejas o una postura corporal. El uso del espacio en la viñeta y el ritmo de los diálogos hacen que la lectura sea ágil, apta para todas las edades, pero con capas de lectura que los adultos pueden disfrutar por su ironía y su crítica sutil a la burocracia o la pomposidad humana.
En resumen, *Pif* no es solo un cómic sobre un perro y un gato que se pelean. Es un testimonio de la resiliencia del espíritu humano (y animal), una celebración de la inventiva y un pilar fundamental del noveno arte franco-belga. Leer *Pif* es sumergirse en un mundo donde la inteligencia siempre triunfa sobre la fuerza bruta y donde, a pesar de los golpes y las caídas, siempre hay una oportunidad para volver a empezar con una sonrisa. Es, en definitiva, un clásico atemporal que sigue conservando toda su frescura y su capacidad para maravillar a nuevas generaciones de lectores.