Hablar de Pepón es realizar un viaje a las raíces mismas de la narrativa gráfica en España. Para cualquier experto en el noveno arte, este personaje no es solo una figura de papel, sino un símbolo de la transición hacia la modernidad en el humorismo gráfico español de principios del siglo XX. Creado por el polifacético Ricardo García López, más conocido por su seudónimo K-Hito, Pepón representa la quintaesencia del "humor de vanguardia" que floreció en las décadas de 1920 y 1930, un periodo de efervescencia creativa que sentó las bases de lo que hoy conocemos como el tebeo clásico.
La sinopsis de *Pepón* nos sitúa en una España que despertaba a la modernidad urbana. El protagonista es un niño de fisonomía redondeada, casi esférica, cuya apariencia física ya es en sí misma una declaración de intenciones artística. Pepón no es el típico héroe de aventuras, ni tampoco el niño travieso que busca el castigo físico tan común en las tiras cómicas de la época. Es, más bien, un observador ingenuo y, a la vez, profundamente agudo de la realidad cotidiana. A través de sus ojos, el lector se sumerge en una serie de viñetas que exploran las situaciones más mundanas —desde los juegos en la calle hasta las interacciones con los adultos—, pero siempre pasadas por el tamiz de lo absurdo y lo poético.
Lo que hace que *Pepón* destaque en la historia del cómic es su tono. K-Hito, influenciado por la Generación del 27 y los movimientos artísticos europeos, dotó a sus páginas de un surrealismo amable. Las tramas suelen ser sencillas: Pepón intenta comprender el funcionamiento de un objeto nuevo, tiene una conversación surrealista con un animal o simplemente pasea por una ciudad que parece dibujada con la limpieza de un sueño. Sin embargo, bajo esa aparente simplicidad, subyace una crítica sutil a las convenciones sociales y una celebración de la lógica infantil, que a menudo resulta ser mucho más coherente que la de los adultos.
Visualmente, el cómic es una lección de economía de medios. K-Hito utiliza una línea clara y definida, despojada de barroquismos innecesarios. El diseño de Pepón, con su característica gorra y su silueta minimalista, permitía una expresividad asombrosa con apenas un par de trazos. Este estilo no solo facilitaba la lectura rápida en las revistas de la época, como la mítica *Macaco* (de la cual Pepón fue emblema), sino que también otorgaba a la obra una atemporalidad que todavía hoy sorprende. El espacio en blanco juega un papel crucial, creando una atmósfera de ligereza y libertad que invita al lector a completar la escena con su propia imaginación.
El cómic también destaca por su uso innovador del lenguaje. K-Hito era un maestro de la palabra y el juego fonético, y en *Pepón* introdujo neologismos y giros lingüísticos que pasaron a formar parte del habla popular de la época. Los diálogos no son meros acompañamientos de la acción, sino que poseen un ritmo casi musical, convirtiendo cada historieta en una pequeña pieza de orfebrería literaria.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de descubrimiento, se puede decir que leer *Pepón* hoy es redescubrir la inocencia perdida del cómic. No hay grandes conflictos bélicos ni superpoderes; lo que encontramos es la épica de lo cotidiano. Es un cómic que se disfruta por su frescura, por su capacidad para arrancar una sonrisa inteligente y por