Dentro del vasto y disparatado universo creativo de Francisco Ibáñez, el gran maestro de la historieta española, existe una pareja que personifica como ninguna otra el concepto del desastre organizado: Pepe Gotera y Otilio. Bajo el lema "Chapuzas a domicilio", estos dos personajes no solo son un pilar fundamental de la mítica Escuela Bruguera, sino que se han convertido en un referente cultural para describir cualquier trabajo de reparación que termina en una catástrofe de proporciones épicas.
La serie, que debutó en las páginas de la revista *Tío Vivo* en 1966, nos presenta a un equipo de "profesionales" de la construcción y las reformas que, en teoría, son capaces de arreglar cualquier avería doméstica, desde una gotera insignificante hasta una instalación eléctrica compleja. Sin embargo, la realidad es radicalmente distinta. La dinámica de este dúo dinámico de la incompetencia se basa en una jerarquía tan rígida como absurda.
Pepe Gotera es el jefe, el cerebro de la empresa y el encargado de tratar con los clientes. Se distingue por su inseparable bombín y su bigote, proyectando una imagen de seriedad y autoridad que es pura fachada. Pepe es el prototipo del pícaro que sabe mucho de teoría (o finge saberlo) pero que se niega sistemáticamente a tocar una herramienta. Su función principal es dar órdenes contradictorias, aceptar presupuestos imposibles y, sobre todo, culpar a su subordinado cuando las cosas salen mal, lo cual ocurre en el cien por cien de los casos.
Por otro lado, tenemos a Otilio, el operario. Es un hombre robusto, vestido con un mono de trabajo azul y una gorra, cuya característica más definitoria no es su habilidad con la llave inglesa, sino su hambre insaciable. Otilio es capaz de devorar los bocadillos más inverosímiles —rellenos de materiales de construcción, animales enteros o cualquier objeto que encuentre a su paso— en medio de la faena. Aunque es él quien realmente "trabaja", su buena voluntad se ve empañada por una torpeza legendaria y una interpretación literal de las órdenes de su jefe que siempre desemboca en el caos.
La estructura de sus aventuras sigue un patrón de escalada cómica que Ibáñez perfeccionó a lo largo de las décadas. Todo comienza con una llamada de un cliente desesperado o incauto. Pepe Gotera, con su verborrea habitual, promete una solución rápida y económica. Una vez en el lugar del siniestro, la combinación de la pereza de Pepe y la fuerza bruta mal dirigida de Otilio transforma un problema menor en una zona de guerra. Si tienen que arreglar un grifo, terminarán inundando el barrio; si deben pintar una pared, es probable que el edificio acabe reducido a escombros tras una explosión de gas accidental.
Lo que hace que *Pepe Gotera y Otilio* sea una obra maestra del cómic de humor es el estilo visual detallista y frenético de Ibáñez. Cada viñeta está cargada de gags visuales secundarios: ratones realizando actividades humanas en las esquinas, objetos volando por los aires y expresiones faciales de una expresividad desbordante. El ritmo es vertiginoso; el lector asiste a una sucesión de bofetadas, caídas y malentendidos que culminan inevitablemente en la "gran catástrofe" final.
Más allá de la bofetada física (el *slapstick*), el cómic es una sátira mordaz de la precariedad laboral, la picaresca española y la falta de profesionalidad. Refleja una época en la que las reformas domésticas podían convertirse en una pesadilla interminable para los propietarios. La genialidad de la serie reside en que, a pesar de que sabemos que todo terminará mal, la curiosidad por ver *cómo* lograrán destruir el entorno esta vez mantiene al lector enganchado.
Sin desvelar finales específicos, basta decir que la conclusión de cada historieta suele implicar una huida desesperada. Pepe Gotera y Otilio terminan corriendo por su vida, perseguidos por un cliente furioso (a menudo armado con un trabuco o un garrote) o por las fuerzas del orden, mientras dejan tras de sí un paisaje de desolación arquitectónica.
En resumen, *Pepe Gotera y Otilio* no es solo un cómic sobre dos trabajadores ineptos; es una celebración del error humano elevado a la categoría de arte. Es una lectura imprescindible para entender la evolución del humor gráfico en España y una prueba irrefutable del talento de Ibáñez para crear personajes inmortales que, décadas después de su creación, siguen arrancando carcajadas a lectores de todas las edades. Si buscas una historia donde el orden se convierte en entropía y el hambre de un operario es más fuerte que las leyes de la física, este es tu cómic.