La adaptación al noveno arte de 'Papillón', basada en la célebre y controvertida novela autobiográfica de Henri Charrière, representa uno de los ejercicios de narrativa secuencial más crudos y honestos sobre la resistencia humana. Guionizada por Sylvain Ricard y dibujada por Franckie Alarcon, esta obra se aleja de la espectacularidad cinematográfica para sumergirse en la asfixia psicológica y física de uno de los sistemas penitenciarios más brutales de la historia moderna: las colonias penales de la Guayana Francesa.
La trama nos sitúa inicialmente en el París de los años 30. Henri Charrière, un hombre de los bajos fondos apodado "Papillón" por el tatuaje de mariposa que luce en su pecho, es condenado a trabajos forzados de por vida por un asesinato que asegura no haber cometido. Tras un juicio que él considera una farsa, es enviado al presidio de Cayena. Desde el momento en que pone un pie en el barco que lo transporta al otro lado del Atlántico, la narrativa establece un tono de desesperanza absoluta que solo se ve interrumpido por la obsesión inquebrantable del protagonista: la fuga.
El cómic disecciona con precisión quirúrgica la estructura de la "Guillotina Seca", nombre con el que se conocía a este complejo penal. A través de sus viñetas, el lector es testigo de la deshumanización sistemática de los reclusos. No se trata solo de la violencia entre los presos o la crueldad de los guardias, sino de la lucha contra un entorno hostil compuesto por selvas impenetrables, tiburones, enfermedades tropicales y un sol abrasador que consume la voluntad de los hombres.
Uno de los pilares fundamentales de esta versión gráfica es la relación entre Papillón y Louis Dega, un falsificador intelectualmente brillante pero físicamente vulnerable. Esta alianza, nacida inicialmente por conveniencia —Dega necesita protección y Papillón necesita el dinero que Dega oculta para financiar sus intentos de escape—, evoluciona hacia una amistad profunda que sirve como el único anclaje moral en un mundo carente de ética. El guion de Ricard evita caer en el sentimentalismo, mostrando la lealtad como una herramienta de supervivencia tan necesaria como un cuchillo o una balsa.
Visualmente, el trabajo de Franckie Alarcon es magistral en su sobriedad. El dibujo no busca el realismo fotográfico, sino la expresividad emocional. El uso de una paleta de colores limitada, dominada por tonos ocres, verdes densos y azules profundos, logra transmitir la claustrofobia de las celdas de aislamiento y la inmensidad aterradora del océano. El diseño de los personajes refleja el paso del tiempo y el castigo físico; vemos cómo los cuerpos se encorvan y los rostros se marchitan, mientras que la mirada de Papillón conserva un brillo de rebeldía que el sistema no logra apagar.
La estructura narrativa se divide en los sucesivos intentos de fuga, cada uno más audaz y desesperado que el anterior. El cómic maneja con maestría el ritmo, alternando momentos de tensión insoportable durante las huidas con largos periodos de silencio y estancamiento en las celdas de castigo de la Isla de San José. Es en estos momentos de soledad donde la obra alcanza su mayor profundidad, explorando la psicología de un hombre que prefiere morir en el mar antes que aceptar una existencia privada de libertad.
'Papillón' no es solo el relato de una evasión imposible; es un estudio sobre la identidad y la dignidad. A diferencia de otras versiones que glorifican al héroe, este cómic presenta a un hombre falible, a veces egoísta, pero dotado de una resiliencia sobrehumana. La obra evita entrar en el debate histórico sobre la veracidad de las memorias de Charrière para centrarse en la verdad emocional del relato: la lucha universal del individuo contra una institución diseñada para aniquilar su espíritu.
En definitiva, esta novela gráfica es una pieza esencial para entender la capacidad del cómic para abordar temas de gran calado humano. Sin necesidad de artificios ni giros de guion innecesarios, 'Papillón' se mantiene fiel a la esencia de su material original, ofreciendo una experiencia inmersiva que deja una marca duradera en el lector, recordándonos que, mientras haya vida y una idea de libertad, el hombre nunca está totalmente derrotado.