oroPel, la obra de Bernardo Vergara publicada por Astiberri, se erige como una de las sátiras más afiladas, lúcidas y visualmente magnéticas del cómic español contemporáneo. En esta novela gráfica, Vergara, un autor curtido en la trinchera del humor gráfico y la crítica social en publicaciones como *El Jueves* o *Orgullo y Satisfacción*, despliega todo su arsenal narrativo para construir una fábula moderna sobre la vacuidad, la ambición y la fragilidad de las apariencias en la sociedad del espectáculo.
La trama se articula en torno a Pelayo, un personaje que encarna al hombre común atrapado en una espiral de aspiraciones difusas y realidades deformadas. El título de la obra es, en sí mismo, una declaración de intenciones: un juego de palabras entre el nombre del protagonista y el concepto de "oropel", esa lámina de latón que imita al oro pero carece de su valor. Esta metáfora atraviesa cada página del cómic, recordándonos constantemente que bajo el brillo cegador del éxito mediático y la relevancia social suele esconderse una estructura hueca y oxidada.
La historia nos sumerge en un mundo que resulta incómodamente familiar, aunque pasado por el tamiz de lo grotesco y lo surrealista. Pelayo no es un héroe al uso, sino un individuo que navega por un ecosistema dominado por la tiranía de la imagen y la necesidad imperiosa de ser "alguien". A través de sus vivencias, Vergara disecciona los mecanismos de la fama efímera, la industria del entretenimiento y la forma en que el sistema fagocita las identidades individuales para convertirlas en productos de consumo rápido.
Desde el punto de vista visual, oroPel es un festín de expresividad. El estilo de Vergara, caracterizado por una línea elástica y un diseño de personajes que roza la caricatura extrema, se pone aquí al servicio de una narrativa más densa y atmosférica de lo habitual en sus tiras cómicas. Los personajes de esta obra sudan, se retuercen y gesticulan de forma casi histriónica, reflejando la ansiedad constante de un mundo que no permite el descanso ni la autenticidad. El uso del color y la composición de las viñetas refuerzan esa sensación de saturación; el lector se siente, al igual que Pelayo, abrumado por un entorno que brilla demasiado, pero que no ilumina nada.
La narrativa no se limita a la crítica superficial. Vergara profundiza en la psicología del fracaso y en cómo la percepción del éxito ajeno distorsiona nuestra propia realidad. El cómic explora la alienación urbana y la soledad que paradójicamente surge en los entornos más hiperconectados. No hay concesiones al sentimentalismo barato; la mirada del autor es cínica, pero está cargada de una humanidad que se filtra a través del patetismo de sus situaciones.
Uno de los mayores logros de oroPel es su capacidad para mantener un equilibrio perfecto entre el humor negro y el horror existencial. A medida que Pelayo avanza en su periplo, las situaciones se vuelven más absurdas y, al mismo tiempo, más lógicas dentro de la demencia colectiva que describe la obra. El cómic funciona como un espejo deformante que, lejos de alejarse de la realidad, nos devuelve una imagen mucho más precisa de nuestras propias obsesiones contemporáneas.
En definitiva, oroPel es una lectura esencial para entender la deriva de la cultura actual. Es un cómic que no solo se lee, sino que se padece y se disfruta a partes iguales. Bernardo Vergara demuestra que el lenguaje de la caricatura es una de las herramientas más potentes para realizar una autopsia social, entregando una obra que es, simultáneamente, un artefacto de entretenimiento frenético y un ensayo visual sobre la pérdida de la sustancia en favor del brillo. Sin necesidad de recurrir a moralejas masticadas, el cómic deja en el lector un poso de reflexión sobre qué es lo que realmente brilla en nuestras vidas y qué es, simplemente, latón dorado destinado a descascarillarse con el primer golpe de realidad.