Mikito 1-2 es una obra que se inscribe con fuerza en la tradición del *noir* contemporáneo, fruto de la colaboración entre dos talentos consolidados del panorama del cómic español: el guionista Raule (reconocido internacionalmente por *Jazz Maynard*) y el dibujante Ribas. Publicada bajo el sello Evolution de Panini Comics, esta obra se presenta como un díptico integral que explora las sombras del Japón moderno, alejándose de los tropos habituales del manga para ofrecer una visión europea, cruda y cinematográfica de los bajos fondos nipones.
La narrativa se centra en la figura de Mikito, un joven que personifica la lucha interna entre el destino heredado y la voluntad individual. Como hijo de un influyente líder de la Yakuza, Mikito ha pasado años intentando distanciarse de la violencia y los códigos de honor arcaicos que rigen la organización criminal de su familia. Tras una estancia en Europa, donde buscó forjarse una identidad propia lejos de la sombra de su padre, el protagonista se ve obligado a regresar a un Japón que ya no reconoce del todo, pero que lo reclama con una fuerza gravitatoria inevitable.
El motor de la trama se activa cuando el delicado equilibrio de poder dentro del clan familiar comienza a resquebrajarse. La salud del patriarca y las ambiciones de facciones rivales —así como de elementos internos que ven en la modernización una amenaza o una oportunidad— arrastran a Mikito de vuelta al epicentro del conflicto. No se trata solo de una historia de gánsteres; es un estudio sobre la identidad y la imposibilidad de escapar de las raíces. Raule construye un guion milimétrico donde el ritmo no decae, utilizando diálogos secos y directos que refuerzan la atmósfera de tensión constante.
Uno de los pilares fundamentales de Mikito 1-2 es su ambientación. La obra huye de las postales turísticas de Tokio o Kioto para sumergir al lector en callejones húmedos, despachos asépticos donde se deciden muertes y locales nocturnos donde la lealtad se compra y se vende. La dualidad entre el Japón tradicional, anclado en rituales de sangre y respeto, y el Japón tecnológico y frío, se refleja en cada giro de la trama. Mikito actúa como el nexo entre estos dos mundos, sintiéndose un extraño en ambos.
En el apartado visual, el trabajo de Ribas es sencillamente magistral y esencial para entender el tono de la obra. Su estilo, que bebe tanto de la línea clara europea como de la expresividad del *seinen* más adulto, destaca por una narrativa visual sumamente dinámica. Ribas utiliza una planificación de página que prioriza la atmósfera; el uso de las sombras y los contrastes no solo define los espacios físicos, sino también el estado psicológico de los personajes. El diseño de Mikito, con una mezcla de vulnerabilidad y determinación, permite al lector empatizar con un protagonista que a menudo se ve forzado a cometer actos moralmente ambiguos.
La violencia en el cómic está tratada con una crudeza estética que nunca resulta gratuita. Cada estallido de acción tiene consecuencias narrativas y emocionales, subrayando la peligrosidad del entorno en el que se mueven los personajes. La química creativa entre Raule y Ribas es evidente: el dibujo no se limita a ilustrar el guion, sino que expande la narrativa, permitiendo que los silencios y las miradas carguen con tanto peso como las palabras.
En conclusión, Mikito 1-2 es una pieza imprescindible para los amantes del género negro. Es una obra que destaca por su sobriedad y su capacidad para reinterpretar el género de la Yakuza desde una sensibilidad occidental sin perder el respeto por el contexto cultural japonés. Sin necesidad de artificios innecesarios, Raule y Ribas entregan una historia cerrada, redonda y visualmente impactante sobre la redención, la traición y el peso ineludible de la sangre. Es, en definitiva, un ejercicio de estilo y narrativa que confirma la madurez del cómic de género producido en España con ambición internacional.