Megg Mogg y Buho

La obra de Simon Hanselmann, centrada en los personajes de Megg, Mogg y Búho, se ha consolidado como uno de los pilares fundamentales del cómic alternativo y underground del siglo XXI. Lo que comenzó como una serie de tiras publicadas en internet ha evolucionado hasta convertirse en una crónica cruda, nihilista y profundamente humana sobre la depresión, la adicción y el estancamiento vital. La premisa parte de una subversión absoluta de los arquetipos infantiles: Megg es una bruja de piel verde, Mogg es su gato negro (y amante) y Búho es un ave antropomórfica que intenta, sin éxito, mantener un mínimo de orden y decencia en sus vidas.

La narrativa se sitúa en un entorno suburbano genérico, donde los protagonistas pasan la mayor parte del tiempo encerrados en casa, consumiendo diversas sustancias, viendo televisión basura y participando en dinámicas de grupo que oscilan entre la apatía y la crueldad psicológica. A pesar de su apariencia de dibujos animados clásicos, el contenido es estrictamente para adultos, abordando temas de salud mental con una honestidad que resulta, por momentos, asfixiante.

Megg es el eje central de la historia. A través de ella, Hanselmann explora la parálisis que produce la depresión clínica. No es una bruja que realice hechizos espectaculares; su magia es inexistente o irrelevante frente a la realidad de no poder levantarse del sofá. Mogg, por su parte, actúa como un catalizador de vicios, un personaje hedonista que a menudo sabotea cualquier intento de mejora personal. El equilibrio, o más bien el desequilibrio, lo aporta Búho, el único del grupo con un empleo estable y una voluntad de encajar en la sociedad convencional. Búho es el blanco constante de las bromas pesadas y el abuso emocional de sus amigos, lo que genera una tensión constante sobre por qué sigue viviendo con ellos.

A este trío se suma con frecuencia Werewolf Jones, un hombre lobo que representa el exceso absoluto y la falta de control. Su presencia suele elevar el tono de las historias desde la comedia negra hacia el caos destructivo, funcionando como un espejo deformado de lo que Megg y Mogg podrían llegar a ser si perdieran los últimos restos de su funcionalidad social.

Visualmente, el trabajo de Hanselmann es meticuloso. A pesar de la temática sórdida, el dibujo es limpio, con una paleta de colores vibrantes —a menudo aplicados con acuarela o técnicas manuales— que contrasta violentamente con la suciedad de los escenarios y la miseria moral de las situaciones. El autor utiliza una estructura de rejilla de páginas muy rígida, lo que acentúa la sensación de claustrofobia y la rutina cíclica en la que están atrapados los personajes. El ritmo narrativo es pausado, permitiendo que el lector sienta el peso del tiempo muerto y el vacío existencial que define la vida de los protagonistas.

Lo que diferencia a 'Megg, Mogg y Búho' de otros cómics de temática "stoner" o de humor gamberro es su trasfondo trágico. Debajo de las bromas escatológicas y las situaciones absurdas, subyace una crítica feroz a la falta de oportunidades, la precariedad económica y la dificultad de romper con círculos sociales tóxicos. No hay lecciones morales ni redenciones fáciles; Hanselmann se limita a documentar el declive de unos personajes que parecen incapaces de escapar de sí mismos.

En definitiva, esta serie de cómics (recopilada en tomos como 'Hechizo total', 'Bahía de lodo' o 'El mal camino') es un retrato generacional sobre el desencanto. Es una obra que utiliza la iconografía de la cultura pop para desmantelar la idea de la juventud eterna y mostrar las consecuencias reales del aislamiento y la enfermedad mental en un mundo que no ofrece soluciones sencillas. Es, simultáneamente, una de las lecturas más divertidas y más deprimentes del panorama actual, logrando una empatía incómoda con unos personajes que, a pesar de sus terribles decisiones, resultan dolorosamente reales.

Deja un comentario