Mayra Kelly, creada por el guionista y dibujante Diego Olmos, representa uno de los ejercicios más depurados y honestos del género negro dentro de la narrativa gráfica española contemporánea. Publicada originalmente a principios de la década de los 2000, esta obra se aleja de los clichés del detective invulnerable para ofrecer un relato crudo, urbano y profundamente anclado en la realidad social de la Barcelona de finales del siglo XX y principios del XXI.
La protagonista que da nombre a la serie es una detective privada de ascendencia irlandesa afincada en la capital catalana. Mayra no es una heroína de acción al uso; es una profesional pragmática, de carácter seco y mirada desencantada, que sobrevive en un entorno donde la línea entre la legalidad y la amoralidad es extremadamente delgada. Su origen mestizo y su posición como mujer en un mundo tradicionalmente masculino y violento le otorgan una perspectiva periférica, permitiéndole moverse con la misma soltura por los despachos de la alta burguesía que por los callejones más degradados del Raval.
El escenario no es un mero telón de fondo, sino un personaje más de la trama. Diego Olmos retrata una Barcelona alejada de las postales turísticas y el modernismo institucional. La ciudad de Mayra Kelly es una urbe de contrastes violentos, marcada por la gentrificación incipiente, la inmigración, el tráfico de drogas y la corrupción estructural. El autor utiliza la arquitectura de la ciudad —sus portales sombríos, sus bares de barrio y sus azoteas descuidadas— para construir una atmósfera opresiva que asfixia a los personajes y refuerza la sensación de fatalismo propia del *hardboiled*.
Narrativamente, el cómic se estructura a través de casos que, partiendo de premisas aparentemente sencillas —la búsqueda de una persona desaparecida, un pequeño chantaje o una investigación de infidelidad—, acaban desenredando complejas tramas de poder y miseria humana. Olmos huye de las resoluciones espectaculares. En su lugar, apuesta por un ritmo pausado pero implacable, donde la investigación avanza mediante el diálogo, la observación y el desgaste psicológico. La violencia, cuando aparece, es rápida, sucia y tiene consecuencias tangibles, huyendo de cualquier tipo de glorificación estética.
El apartado visual es, sin duda, uno de los pilares fundamentales de la obra. Diego Olmos despliega un dominio magistral del blanco y negro, utilizando un entintado denso y contrastado que bebe directamente de los clásicos del género, pero con una sensibilidad moderna. Su dibujo es sobrio y realista, con un diseño de personajes que prioriza la expresividad y la naturalidad sobre la idealización. El uso de las sombras no solo sirve para definir el espacio, sino para subrayar el estado anímico de Mayra y la ambigüedad moral de los sospechosos con los que interactúa. La narrativa visual es cinematográfica, con una planificación de página que sabe cuándo detenerse en los detalles del entorno para sumergir al lector en la sordidez del ambiente.
Otro aspecto relevante es el trasfondo social que subyace en cada entrega. A través de los ojos de Mayra, el lector es testigo de la decadencia de ciertas instituciones y de la vulnerabilidad de los individuos que caen por las grietas del sistema. El cómic aborda temas como la soledad urbana, el racismo y la explotación, pero lo hace sin caer en el panfleto, dejando que sea la propia crudeza de los hechos la que invite a la reflexión.
En definitiva, Mayra Kelly es una obra imprescindible para los amantes del género policíaco que buscan historias con peso específico, personajes con claroscuros y una ambientación poderosa. Diego Olmos logra capturar la esencia del *noir* clásico y trasplantarla con éxito al asfalto barcelonés, creando una detective que, a pesar de su cinismo aparente, mantiene una integridad ética que la convierte en un faro solitario en medio de la oscuridad urbana. Es un cómic que no necesita de artificios para impactar, basando su fuerza en la solidez de su guion y la contundencia de su propuesta gráfica.