*Max Winson*, la obra magna en el terreno del noveno arte de Jérémie Périn —reconocido director de animación francés tras proyectos como *Lastman* o *Mars Express*—, se presenta como una de las deconstrucciones más lúcidas y visualmente impactantes del mito del éxito absoluto en el deporte. Publicada originalmente en dos volúmenes (*La tiranía* y *La victoria*), la obra nos introduce en un universo donde el tenis no es solo una disciplina atlética, sino el escenario de una tragedia existencial sobre la perfección y la alienación.
La premisa de la obra es tan radical como fascinante: Max Winson es el mejor tenista de todos los tiempos. Sin embargo, esta afirmación se queda corta ante la realidad narrativa que plantea Périn. Max no es simplemente un campeón; es una anomalía estadística. Desde que comenzó su carrera profesional, no solo no ha perdido un partido, sino que jamás ha perdido un solo set, un juego o siquiera un punto. Su dominio sobre la pista es tan absoluto que ha convertido el deporte en un trámite burocrático de una precisión quirúrgica.
El núcleo del conflicto no reside en la competición externa, sino en la génesis de esta invencibilidad. Max es el producto de un sistema educativo y de entrenamiento extremo diseñado por su padre, un hombre cuya ambición raya en lo patológico. A través de flashbacks y de la interacción presente entre ambos, el lector descubre el "Método Winson": un régimen de aislamiento y repetición mecánica que ha despojado a Max de cualquier rastro de humanidad o deseo propio. Max no juega al tenis porque le guste; juega porque es lo único que sabe hacer para satisfacer la voluntad de un progenitor que lo ve más como una propiedad o un experimento que como un hijo.
A nivel narrativo, Périn utiliza esta invencibilidad para explorar la soledad del individuo en la cima. Max vive en una burbuja de cristal, rodeado de una parafernalia mediática y comercial que lo trata como a una deidad, mientras él permanece en un estado de atrofia emocional. La trama se pone en marcha cuando esta perfección comienza a ser una carga insoportable. En un mundo que exige victorias constantes, Max empieza a anhelar lo único que le ha sido negado: la posibilidad de fallar, la incertidumbre del juego y, en última instancia, la libertad que otorga la derrota.
Visualmente, *Max Winson* es una lección de narrativa secuencial. Périn opta por un blanco y negro puro, de líneas limpias y composiciones que beben tanto del dinamismo del manga como de la síntesis de la animación clásica. El autor utiliza el espacio en blanco de la página para subrayar el aislamiento del protagonista. Las secuencias de los partidos de tenis son magistrales; en lugar de centrarse en el realismo deportivo, Périn utiliza metáforas visuales y una puesta en escena cinética para transmitir la velocidad y la superioridad casi sobrenatural de Max. Los oponentes de Max no son rivales, son obstáculos que la narrativa visual despacha con la misma frialdad con la que el protagonista ejecuta sus golpes.
El cómic también funciona como una sátira mordaz de la sociedad del espectáculo. Vemos cómo el entorno de Max —patrocinadores, prensa y aficionados— se alimenta de su infalibilidad, convirtiéndolo en un producto de consumo masivo. La presión por mantener el estatus de "invicto" se convierte en una forma de tiranía que afecta no solo al jugador, sino a todo el ecosistema que lo rodea.
En conclusión, *Max Winson* es una obra imprescindible que trasciende el género deportivo. Es un estudio psicológico sobre el trauma infantil, la presión del éxito y la búsqueda de la identidad propia frente a las expectativas ajenas. Jérémie Périn logra crear una fábula moderna, fría en su ejecución técnica pero profundamente humana en su trasfondo, que invita al lector a reflexionar sobre el verdadero coste de la perfección y si, en un mundo obsesionado con ganar, la verdadera victoria no reside en el derecho a perder.