Máscaras (publicada originalmente como *Masks* por Dynamite Entertainment) representa uno de los hitos más ambiciosos dentro del cómic contemporáneo que busca rescatar y dignificar las raíces de la narrativa de justicieros. Escrita por Chris Roberson y con el imponente arte conceptual y portadas de Alex Ross, junto a los lápices de Dennis Calero, esta obra no es simplemente un *crossover* convencional, sino un ejercicio de reconstrucción histórica y de género que reúne a los iconos más grandes de la era *pulp* de los años 30.
La trama se sitúa en una versión alternativa y sombría de 1938, específicamente en la ciudad de Nueva York. El contexto histórico es fundamental: el mundo se tambalea hacia la Segunda Guerra Mundial y el fantasma del totalitarismo recorre el globo. En este escenario, la democracia estadounidense sufre un golpe interno devastador. Un grupo de políticos corruptos, respaldados por poderosos intereses financieros, logra hacerse con el control del estado de Nueva York bajo la bandera del "Partido de la Justicia". Tras ganar las elecciones mediante la manipulación, instauran rápidamente una legislación draconiana conocida como la "Ley del Estado del Imperio".
Esta ley otorga poderes ilimitados a una nueva fuerza policial militarizada que responde únicamente a los intereses del partido, ilegalizando cualquier forma de disidencia, censurando la prensa y convirtiendo a ciudadanos comunes en criminales de la noche a la mañana. Es aquí donde la premisa de *Máscaras* adquiere su verdadera fuerza: ¿qué sucede cuando la ley misma se vuelve injusta? La respuesta recae en aquellos hombres y mujeres que ya operaban en las sombras, fuera de los márgenes de la legalidad.
El núcleo de la historia es la alianza sin precedentes entre figuras legendarias que, hasta ese momento, operaban de forma aislada. El catalizador es La Sombra (The Shadow), quien comprende antes que nadie que la amenaza del Partido de la Justicia no puede ser combatida por un solo hombre. A él se unen El Avispón Verde (The Green Hornet) y su inseparable compañero Kato, quienes aportan una dinámica interesante al ser vistos por el público como criminales, lo que les permite infiltrarse en los estratos más oscuros de la nueva jerarquía política.
A este grupo se suma La Araña (The Spider), el justiciero más violento y visceral de la época, cuya presencia subraya la desesperación de la situación. La narrativa también integra con maestría a otros personajes fundamentales del panteón *pulp* como El Zorro (en una versión envejecida pero letal), Miss Fury, Black Bat, Green Lama y Operator 5. Cada uno de estos personajes representa una faceta distinta de la resistencia contra la tiranía, desde el espionaje y la infiltración hasta el combate urbano directo.
El guion de Roberson evita las florituras innecesarias para centrarse en la mecánica de la opresión y la logística de la rebelión. No se trata de superhéroes con poderes divinos enfrentándose a monstruos, sino de individuos con habilidades excepcionales, recursos limitados y una voluntad inquebrantable enfrentándose a un sistema estatal que utiliza la burocracia y el miedo como armas. La tensión narrativa se mantiene constante al explorar cómo estos vigilantes, acostumbrados a ser la autoridad moral en sus propias ciudades, deben aprender a confiar los unos en los otros y a coordinar sus esfuerzos para desmantelar una conspiración que ha legalizado el mal.
Visualmente, el trabajo de Dennis Calero complementa perfectamente el tono de la obra. Su estilo, caracterizado por un uso intensivo de las sombras y una paleta de colores apagada y atmosférica, evoca la estética del cine negro y las ilustraciones de las revistas *pulp* originales. El diseño de personajes, supervisado por Alex Ross, respeta la iconografía clásica pero les otorga una cohesión visual que los hace sentir parte de un mismo universo compartido.
*Máscaras* es, en última instancia, un estudio sobre la justicia frente a la legalidad. A través de sus páginas, el lector es testigo de cómo estos héroes primigenios, que sentaron las bases para lo que más tarde serían los superhéroes modernos, se ven obligados a evolucionar. Es una obra imprescindible para entender la evolución del justiciero en la cultura popular, presentada como un relato de resistencia política y acción trepidante que respeta el legado de sus protagonistas sin caer en la nostalgia vacía. La obra logra capturar la esencia de una época donde el peligro acechaba en cada callejón y donde la única esperanza residía en aquellos que estaban dispuestos a ocultar su rostro para revelar la verdad.