Mars Attacks Vol. 1: El retorno del caos marciano en el noveno arte
La publicación de *Mars Attacks Vol. 1* por parte de Topps Comics a mediados de la década de los 90 supuso un hito fundamental para los entusiastas de la ciencia ficción *pulp* y el horror satírico. Este volumen no solo rescató una franquicia que había permanecido en un estado de culto desde el escándalo de los cromos originales de 1962, sino que expandió su mitología de una manera cruda, visceral y profundamente cínica. Bajo la dirección creativa de figuras como Keith Giffen en el guion y un joven Charlie Adlard en el dibujo —años antes de alcanzar el estrellato con *The Walking Dead*—, este cómic se aleja de la parodia ligera para abrazar una narrativa de invasión global donde la humanidad no es la heroína, sino la víctima de una fuerza imparable y sádica.
La premisa de este primer volumen se mantiene fiel a la esencia de la propiedad intelectual: una flota masiva de platillos volantes procedentes de Marte rodea la Tierra sin previo aviso. Sin embargo, a diferencia de otras historias de contacto alienígena de la época, aquí no hay espacio para la diplomacia ni para el entendimiento mutuo. Los marcianos, con sus icónicos cerebros expuestos, ojos saltones y trajes verdes presurizados, llegan con un único objetivo: la aniquilación total y el regocijo en el sufrimiento ajeno. El cómic captura a la perfección esa malevolencia gratuita que convirtió a los cromos originales en un objeto de censura en los años 60.
Narrativamente, *Mars Attacks Vol. 1* opta por una estructura coral. En lugar de centrarse en un único protagonista que lidera la resistencia, el guion de Giffen nos traslada a diferentes puntos del globo para mostrar la magnitud del desastre. Desde las altas esferas del gobierno estadounidense, que intenta desesperadamente aplicar protocolos militares obsoletos, hasta ciudadanos comunes que ven cómo su realidad se desintegra en cuestión de segundos bajo el fuego de los rayos desintegradores. Esta perspectiva fragmentada permite al lector experimentar la invasión como un evento caótico e inabarcable, donde la esperanza es un recurso escaso.
El tono de la obra es uno de sus puntos más fuertes. Existe un equilibrio precario pero efectivo entre el humor negro y el horror puro. Los marcianos son retratados como seres con una inteligencia superior pero con una brújula moral inexistente; se deleitan en la experimentación con humanos y en la destrucción de monumentos históricos, no solo por estrategia militar, sino por puro entretenimiento. Esta crueldad se ve potenciada por el arte de Charlie Adlard. Su estilo en este volumen es sucio, cargado de sombras y con un trazo que enfatiza la desesperación de los rostros humanos y la naturaleza grotesca de los invasores. Adlard logra que los marcianos, a pesar de su diseño algo caricaturesco, resulten genuinamente amenazadores y repulsivos.
Otro aspecto relevante de este volumen es cómo aborda la tecnología y la estética. El cómic rinde homenaje a la "Edad de Oro" de la ciencia ficción de serie B, con pistolas de rayos, robots gigantes y naves espaciales de diseño retro-futurista. No obstante, actualiza la violencia para una audiencia moderna, mostrando las consecuencias devastadoras de dicha tecnología sobre el cuerpo humano sin escatimar en detalles. La narrativa no teme mostrar la incompetencia de las instituciones humanas frente a una amenaza que no sigue las reglas de la guerra convencional, lo que añade una capa de crítica social subyacente a la acción desenfrenada.
En conclusión, *Mars Attacks Vol. 1* es una obra esencial para entender la evolución del cómic de ciencia ficción de los años 90. Es una carta de amor al caos y a la estética de los años 50, filtrada a través de una lente de ultraviolencia y nihilismo. No busca ofrecer una lección moral ni un mensaje de unidad humana, sino documentar, con un estilo visual impactante y un ritmo frenético, el fin del mundo a manos de unos invasores que simplemente consideran a la humanidad como un estorbo o un juguete. Es una lectura obligatoria para quienes buscan una historia de invasión que no hace concesiones y que abraza plenamente su naturaleza de espectáculo macabro.