Marieta: Una odisea de erotismo, sátira y vanguardia en el Noveno Arte
Hablar de *Marieta* (originalmente titulada *Paulette* en su Francia natal) es adentrarse en uno de los pilares más audaces y transgresores del cómic adulto europeo de los años 70. Surgida de la colaboración entre dos titanes de la narrativa gráfica, el guionista Georges Wolinski y el dibujante Georges Pichard, esta obra no es solo un referente del erotismo, sino una ácida crítica social que disecciona las hipocresías de la burguesía, la religión y la política con un pincel cargado de cinismo y una imaginación desbordante.
La premisa de *Marieta* nos presenta a una protagonista que encarna la inocencia absoluta en un mundo que ha perdido toda brújula moral. Marieta es una joven, bella y extremadamente rica heredera que, de la noche a la mañana, se ve lanzada a una espiral de infortunios y aventuras surrealistas. Tras perder su fortuna (o ser despojada de ella por fuerzas que no comprende), inicia un viaje iniciático que la llevará a recorrer los estratos más bajos y más bizarros de la sociedad. Sin embargo, a diferencia de otros relatos de "caída en desgracia", la obra de Wolinski y Pichard utiliza esta premisa para construir una sátira picaresca donde la protagonista es, a la vez, víctima y catalizadora del caos que la rodea.
Desde el punto de vista narrativo, el guion de Wolinski es una clase maestra de humor negro y provocación. Marieta no es una heroína al uso; es una figura pasiva que atraviesa situaciones atroces con una mezcla de desconcierto y una resiliencia casi mística. A través de sus ojos, el lector asiste a un desfile de personajes grotescos: sectas delirantes, políticos corruptos, científicos locos y tiranos de opereta. Wolinski utiliza el erotismo no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para desarmar las convenciones sociales y mostrar la vulnerabilidad humana frente al poder y el deseo.
Sin embargo, es en el apartado visual donde *Marieta* alcanza su estatus de obra de culto. Georges Pichard, uno de los dibujantes más personales de la historia del cómic, despliega aquí todo su arsenal estético. Su estilo es inconfundible: un trazo meticuloso, casi barroco, que se recrea en las texturas, las sombras y, sobre todo, en la fisonomía femenina. Las mujeres de Pichard, con sus formas generosas y su presencia magnética, contrastan violentamente con los entornos decrépitos y los personajes masculinos, a menudo dibujados como seres deformes o caricaturescos. Este contraste visual refuerza la idea central de la obra: la belleza y la pureza (Marieta) atrapadas en un mundo feo, sucio y moralmente en descomposición.
La estructura de la obra es episódica y febril. Marieta salta de una situación de peligro a otra, a menudo siendo rescatada o traicionada por Joseph, un anciano que actúa como su guía y, en ocasiones, como su explotador, añadiendo una capa de ambigüedad ética que hace que la lectura sea siempre inquietante. No hay un camino claro hacia la redención; el cómic se deleita en el absurdo de la existencia y en la idea de que la civilización es solo una delgada capa de barniz sobre instintos mucho más oscuros.
Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *Charlie Mensuel*, *Marieta* capturó el espíritu de una época en la que el cómic buscaba romper sus cadenas infantiles para explorar territorios prohibidos. Es una obra que desafía al lector, que lo incomoda y lo fascina a partes iguales. No se limita a mostrar desnudez; muestra la desnudez de las instituciones y de la propia alma humana ante la adversidad.
En conclusión, *Marieta* es una pieza indispensable para entender la evolución de la narrativa gráfica europea. Es un viaje surrealista, cargado de simbolismo y mala leche, que se mantiene sorprendentemente fresco gracias a la potencia de sus imágenes y a la mordacidad de su discurso. Para el lector contemporáneo, acercarse a esta obra es descubrir un tiempo donde el riesgo creativo no tenía límites y donde el erotismo era la puerta de entrada a una reflexión mucho más profunda sobre la libertad y la opresión. Una joya del catálogo de Pichard y Wolinski que sigue brillando con una luz oscura, fascinante y profundamente transgresora.