Mandalay, escrita por Philippe Thirault e ilustrada por el veterano Butch Guice, es una de las obras más ambiciosas y visualmente impactantes publicadas bajo el sello de Les Humanoïdes Associés. Este cómic se aleja de la aventura ligera para adentrarse en un relato denso que hibrida con maestría el drama histórico, la crónica colonial y el horror sobrenatural. La trama se sitúa en la Birmania de finales del siglo XIX, un escenario convulso donde el Imperio Británico busca consolidar su dominio sobre el Reino de Ava, marcando el fin de una era para la monarquía local y el inicio de una ocupación marcada por la ambición y el choque cultural.
La narrativa se articula a través de la relación entre dos hermanos británicos, Alex y Douglas Lance, cuyas personalidades y destinos actúan como los dos polos opuestos de la experiencia colonial. Alex es el soldado pragmático, un hombre de acción que cree en la misión civilizadora (o al menos en la eficiencia militar) de la Corona. Por el contrario, Douglas es un soñador, un hombre obsesionado con la mística oriental y los secretos que se ocultan tras los muros de la Ciudad Dorada de Mandalay. Esta dualidad fraternal sirve de motor para explorar cómo el contacto con lo desconocido puede corromper o transformar el espíritu humano.
El punto de inflexión de la obra surge cuando los hermanos se ven envueltos en la caída de la reina Supayalat y el rey Thibaw. En medio del caos de la invasión y el saqueo, Douglas entra en contacto con un antiguo y oscuro secreto vinculado a la genealogía real birmana y a un objeto de poder místico: un espejo capaz de reflejar no solo la imagen, sino la esencia y los pecados de quien se mira en él. A partir de este momento, la historia abandona el realismo bélico puro para sumergirse en una espiral de ambición desmedida y maldiciones ancestrales. El guion de Thirault no utiliza lo sobrenatural como un simple adorno, sino como una metáfora de la ceguera imperialista y la imposibilidad de poseer aquello que no se comprende.
Uno de los pilares fundamentales de Mandalay es el apartado gráfico de Butch Guice. El artista estadounidense, conocido por su trabajo en el cómic de superhéroes de autor, despliega aquí un estilo hiperrealista y meticuloso. Su capacidad para recrear la arquitectura opulenta de los palacios birmanos, la densidad asfixiante de la selva y el diseño de los uniformes militares de la época es sobresaliente. Guice utiliza un entintado cargado de sombras que acentúa la atmósfera opresiva y decadente de la historia. Cada viñeta parece impregnada de la humedad del trópico y del polvo de las batallas, logrando que el entorno sea un personaje más en la trama.
La estructura de la obra, dividida originalmente en cuatro volúmenes, permite un desarrollo pausado de los personajes a lo largo de varias décadas. Vemos cómo el paso del tiempo y el peso de las decisiones tomadas en Mandalay persiguen a los protagonistas, transformando una búsqueda de fortuna en una lucha por la redención o la supervivencia espiritual. El cómic evita los maniqueísmos habituales; no hay héroes puros ni villanos de una sola pieza, sino hombres y mujeres atrapados en los engranajes de la historia y la magia negra.
En conclusión, Mandalay es una pieza imprescindible para los lectores que buscan un cómic adulto que combine la precisión histórica con la fantasía oscura. Es una reflexión sobre el legado del colonialismo, la fragilidad de los imperios y la oscuridad que reside en el corazón de los hombres cuando se enfrentan a un poder que escapa a su control racional. La obra destaca por su tono sombrío y su impecable factura visual, consolidándose como un referente del género de aventuras con tintes metafísicos dentro del panorama del cómic europeo contemporáneo.