Dentro del panorama del cómic español contemporáneo, la obra de Víctor Araque, compuesta por *Malas ventas* y su continuación *Más malas ventas*, se erige como uno de los ejercicios de género negro más crudos, honestos y vibrantes de los últimos años. Publicadas bajo el sello de Grafito Editorial, estas obras no solo rinden homenaje a los tropos clásicos del *noir*, sino que los trasladan a un escenario local —la ciudad de Granada— dotándolos de una identidad propia que bascula entre el costumbrismo criminal y el thriller de acción frenética.
La premisa de *Malas ventas* nos introduce en la vida de un grupo de personajes que habitan los márgenes de la sociedad. No son grandes capos de la mafia ni mentes criminales brillantes; son, en esencia, buscavidas y perdedores que intentan sobrevivir en un entorno económicamente deprimido. La historia arranca con una oportunidad aparentemente sencilla: un intercambio de sustancias que debería reportar un beneficio rápido y sin complicaciones. Sin embargo, como dicta el canon del género, lo que sobre el papel es un plan perfecto, en la práctica se convierte en un catalizador de errores, traiciones y violencia desmedida.
El guion de Araque destaca por su capacidad para construir una narrativa de "huida hacia adelante". Desde el momento en que el primer engranaje falla, los protagonistas se ven envueltos en una espiral de acontecimientos que escapan a su control. La trama se aleja de los artificios heroicos para centrarse en la desesperación. Aquí, la violencia no es estética, sino una consecuencia inevitable de la precariedad y de las malas decisiones. El autor logra que el lector empatice con personajes moralmente ambiguos, no porque sus actos sean justificables, sino porque sus motivaciones —la necesidad de salir del hoyo— son profundamente humanas.
Visualmente, *Malas ventas* es una lección de narrativa gráfica. Araque opta por un blanco y negro rotundo, con un uso del contraste que refuerza la atmósfera opresiva de los callejones y los interiores asfixiantes. Su dibujo, de trazo nervioso pero preciso, captura la suciedad y el cansancio en los rostros de los personajes. La composición de las páginas es dinámica, especialmente en las secuencias de persecución y enfrentamientos, donde el ritmo se acelera de forma cinematográfica sin perder la esencia del lenguaje del cómic. La ambientación en Granada no es meramente anecdótica; la ciudad se convierte en un personaje más, con sus cuestas, sus barrios periféricos y una luz que, paradójicamente, proyecta sombras muy alargadas.
Con la llegada de *Más malas ventas*, la escala del conflicto se amplía. Si la primera entrega funcionaba como un golpe seco al estómago, la continuación profundiza en las consecuencias de los actos previos. La narrativa se vuelve más coral y compleja, introduciendo nuevos jugadores en el tablero que elevan la tensión. Aquí se explora el concepto de la "mancha": cómo un error del pasado persigue a los supervivientes y cómo el entorno criminal es un ecosistema que no permite salidas fáciles. El autor mantiene el pulso narrativo, evitando caer en la repetición y apostando por una evolución lógica de la trama donde la fatalidad sigue siendo el motor principal.
Uno de los mayores aciertos de este díptico es el tratamiento del diálogo. Araque huye de los soliloquios impostados y apuesta por un lenguaje directo, cargado de localismos y giros que aportan una veracidad absoluta a la obra. Es un cómic que se siente "de aquí", que respira la realidad de una España que a menudo queda fuera de los focos, pero que mantiene los códigos universales del género negro: la lealtad puesta a prueba, la codicia como perdición y la sombra de un destino trágico que acecha a la vuelta de cada esquina.
En conclusión, *Malas ventas* y *Más malas ventas* conforman una obra integral imprescindible para cualquier aficionado al noveno arte que busque historias con peso, carácter y una ejecución técnica impecable. Víctor Araque no solo firma un excelente ejercicio de género, sino que realiza una radiografía social descarnada a través de las viñetas, demostrando que el mejor *noir* es aquel que, además de entretener, duele por su cercanía y realismo. Es una lectura intensa, de ritmo endiablado, que deja claro que, en el mundo del crimen de bajo nivel, nunca hay ventas buenas, solo grados distintos de desastre.